1.- Tenemos nuevo Nobel de Literatura, y las aguas están calmadas. Es decir, nunca falta polémica cuando se entrega un Nobel. Pero esta calma notable, con todo y que ya surgieron y seguirán surgiendo críticos de Herta Müller, contrasta con la marea generada contra la designación de Le Clezio, no se diga la de Pamuk y la de Jelinek. En medio de estos, sólo las designaciones de Harold Pinter y Doris Lessing tuvieron una calma similar a la de este año, cosa que tal vez indique cierto consenso mayoritario. Aunque cabe otra posibilidad: que ahora sí, al fin, a nadie le importa el Nobel de Literatura. Si la segunda posibilidad es cierta, celebremos. La crítica ha perdido un estorbo en su acercamiento a la gran literatura. El Nobel ha dejado de ser medida de grandeza.

2.- Quitarnos el lastre del Nobel no demerita a los galardonados. Hay allí pilares de la literatura universal. También hay decisiones políticas, rabietas y ajustes de cuentas. Incluso esos ajustes extra literarios pueden conducir a premiar buenos escritores. Se comenta, como sospecha, que el año en que Toni Morrison (una escritora afroamericana, cuyo gran tema literario es la negritud y su entramado) gana el Nobel de Literatura, Mandela y de Klerk ganan el de la Paz. Es sólo un caso. Si nos ponemos puntillosos, hallaremos varios. El asunto es que muchos (suscribo esta posición) podríamos admitir los méritos literarios de Morrison, y a la vez notar que podría haber un armado con mensaje político. Premiar a Pamuk al tiempo en que Turquía se une a la unión europea y nominar a Adonis en los años en que se exacerba el miedo al mundo islámico. Mi punto es que eso nos deja el Nobel: vemos menos las obras que el extrarradio; el esfuerzo crítico se posa en “qué habría pensado la academia”.

3.- Peor aún: ofrecen a ciertos autores una poltrona en la que se escudan para que, en adelante, todo lo que digan o hagan sea apreciado como una invaluable pieza. Las declaraciones seniles de Saramago son un lindo ejemplo. Un escritor pleno de autoridad literaria, cree que el Nobel le da autoridad para abordar temas que sólo entiende desde la víscera, sin rigor científico. Sí, todos tenemos derecho a expresar nuestra opinión. La diferencia es que los berrinches de Saramago son apreciados como sabiduría porque sus millones de lectores y la prensa creen que el gran prosista de sus relatos favoritos debe ser obligatoriamente un genio. Lamento que de este lado del charco, lo primero que oímos de Herta Müller es que ya la emprendió contra los chinos en la Feria de Frankfurt. Y todavía no nos llega su obra. Nuevamente lo extra literario nos llega primero. Esta mujer lleva años quejándose de todo. Ya veremos como se pone ahora, recién “nobelada”.

4.- Pero todo empezó mal desde el principio, si me permiten la redundancia.
Tolstoi, que estaba destinado a ganar el primer Nobel de Literatura, lo perdió por declarar que donaría el monto del premio a una sociedad religiosa. No lo ganó, pues, pero su nombre sobrevive. Alguien me podría decir, sin usar la Wikipedia, por favor, ¿Quién ganó el primer Nobel de
Literatura?
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