¿Cuál es el papel más común de los intelectuales frente a la realidad del país? Según una de sus acepciones más conocidas, un intelectual es quien “dedica una parte importante de su actividad vital al estudio y a la reflexión crítica sobre la realidad.”

El término, creado en Francia, a partir del Caso Dreyfus, capitán francés acusado de espionaje y traición a finales del siglo 19, aglutinó al grupo de artistas, filósofos y científicos, que encabezado por Emile Zola, y entre los que se contaban Marcel Proust, Claude Monet y Jules Renard, quedaron convertidos en conciencia de la nación, por defender a un personaje acusado injustamente, en medio de turbias implicaciones políticas y xenofóbicas.

Un espejo humeante

Desde entonces, el término quedó dotado de un valor de prestigio. Entendiéndose que esa actividad dedicada al pensamiento derivaba por sí misma en repercusiones públicas de gran valor. Pero no siempre pasa así. La cuestión es que la aplicación de dicho término empezó a depender del grado de afinidad ideológica o política que tuviera la persona que lo aplica respecto a quien distinguiera con dicho atributo.

De ahí que surgieran malpensados como el italiano Antonio Gramsci, que armado de su razón marxista afirmaran que muchas veces la labor del intelectual se reduce a apuntalar la maquinaria ideológica de la superestructura político-ideológica reinante. En otras palabras, Gramsci mostró la otra función del intelectual: la del alfil que le hace el juego al poder. Ingenuo como era, planteó la posibilidad del intelectual “desclasado”, ese que proviniendo de una clase social superior optaría por un compromiso con los más desfavorecidos. El garbanzo de a libra sería el propio Carlos Marx. Desgraciadamente, este desclasamiento lo vemos más común en un sentido inverso: el caso del intelectual proveniente de una clase social inferior que “sube” a identificarse y “trabajar” de acuerdo a los intereses de la cúpula dominante.

Un mundo feliz

De ahí que con el tiempo viniera un descrédito del adjetivo. Ya que en un mundo ideal, éste debía analizar de forma crítica y objetiva la realidad de las naciones y del devenir del hombre. Desarrollar su intelecto no como mera vanagloria, sino como una minúscula contribución al progreso del mundo. Entre las funciones que debiera cumplir el intelectual serían las de meditar, reflexionar, discurrir, inspirar, investigar, analizar, discernir, razonar, filosofar, organizar las ideas, proyectar, imaginar, especular, interconectar fenómenos... hacer uso de las limitadas pero a su vez vastas capacidades de la mente humana. ¿Cómo es el pensamiento de los intelectuales mexicanos?
Lo importante –lo peligroso– es que el pensamiento de los intelectuales trata de producir efectos en el mundo.
Bardo de las bardas

“En México, y puede que el ejemplo sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales trabajan para el Estado. Esto era así con el PRI y sigue siendo así con el PAN. El intelectual, por su parte, puede ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio. Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los intelectuales mexicanos. Los vuelve locos. Algunos por ejemplo, se ponen a traducir poesía japonesa sin saber japonés y otros, ya de plano, se dedican a la bebida. Almendro, sin ir más lejos, creo que hace ambas cosas. Emplean la retórica allí donde se intuye un huracán, tratan de ser elocuentes allí donde intuyen la furia desatada, procuran ceñirse a la disciplina de la métrica allí donde sólo queda un silencio ensordecedor e inútil.”

Roberto Bolaño
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