El martes, la policía federal gaseó guarderías en el DF, reprimió trabajadores que reclaman la violación de sus derechos y protegió a Calderón de la estúpida persistencia de madres, padres, hermanos, novias, esposos y esposas de los muertos de Juárez. La policía capitalina rescató a los niños y en 10 estados, simpatizantes del sindicato mexicano de electricistas reiteraron su rechazo al autoritarismo del régimen.
Calderón no disfrutó su mejor jornada fronteriza, pues cuando Genaro García Luna expuso su triunfalista visión de una Ciudad Juárez donde los asesinatos habrían disminuido su abultada estadística en 40%, tema que ya habían abordado con similar orientación el procurador federal y el secretario de la Reforma Agraria metido a coordinador de programas represores, Arturo Valenzuela, titular de la mesa ciudadana de seguridad, afirmó que los números no coinciden con la percepción ciudadana ni con los 500 homicidios contabilizados en lo que va del año y superan los del anterior.
Miguel García, representante ciudadano en la mesa de seguridad, preguntó al Ejecutivo Federal: “¿Es posible ganar la guerra así como está planteada? Porque ni el ejército más poderoso del mundo ha podido, cuando se combate en terrenos urbanos, salir con éxito. Irak está entre otros ejemplos. ¿Es posible replantear esta lucha después de 15 mil asesinatos en México y 5 mil en Ciudad Juárez?, Nuestra ciudad sigue en llamas, sigue ardiendo, los empleos se siguen perdiendo, los jueces siguen liberando delincuentes”.
Olga Rosa Ortiz lo secundó, dice la crónica de Claudia Herrera Beltrán en La Jornada, e hizo ver que cada vez hay más noticias de secuestros, asesinatos, amenazas y violaciones de los derechos humanos por parte de la policía y del Ejército, y puso el ejemplo de unos estudiantes que fueron salvajemente golpeados por militares y agentes.
La sociedad, dijo la psicóloga Guadalupe Díaz Rodríguez, “está enferma, no de adicciones, sino de depresión, de ansiedad, de angustia, de paranoia, de no saber si cuando salimos de nuestra casa vamos a regresar”.
El séquito burocrático de Calderón no pudo ir más allá de algunos inconsistentes alegatos en sus naturales niveles de dotación y rendimiento neuronal, balbuceos más o menos incoherentes ante la razonada exposición de los representantes de una sociedad ofendida que precisó: “Juárez es más que un botín electoral”. Tampoco faltó contundencia al Mandatario al reiterar que el Ejército y su fauna de acompañamiento permanecerán en la plaza.
Y eso que Janet Napolitano, la encargada de la seguridad nacional en el gabinete de Obama, fue muy clara al declarar que el brazo militar del gobierno de Calderón no ha servido más que un pepino serenado para cerrar el paso a la violencia en Ciudad Juárez, como argumento central de su rechazo al pedimento del Gobernador texano de mandar tropas a la frontera con México, donde ya están FBI, DEA y otras cinco agencias de seguridad del Gobierno gringo para conducir las investigaciones de la muerte de la empleada en la ciudad mártir.
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