Japón fue atacado por un desastre natural, imposible de evitar. Primero, experimentó un sorprendente temblor, de 9 grados en la escala Richter. Para comparar, el que devastó a San Francisco fue de grado 8, 32 veces menor, y el de México, de 8.1, 300 veces menor que el de Japón (el temblor más fuerte registrado en la historia ocurrió en Valdivia, Chile, en 1960, con 9.5 en la escala de Richter). Luego, vimos el enorme tsunami casi en tiempo real, gracias al avance de la tecnología puesta al servicio de los medios masivos de comunicación, que dejaron muy en claro que ninguna defensa fue posible una vez que la primera ola, de 10 metros, tocó tierra.

El cataclismo esta vez no sólo arrasó a la población civil, sino que alcanzó a las plantas atómicas de generación de energía, causando un desastre atómico que nos ha impedido solidarizarnos con las víctimas del tsunami e incluso estamos viendo a Japón, no ya como víctima de una gran tragedia, sino como un país culpable de poner en riesgo a la humanidad. A pesar de que, hasta ahora, el número de víctimas mortales es de 6 mil 911 y unos 17 mil están desaparecidos, el terror mundial no se ha centrado en ellos, sino en las posibilidades de sufrir un apocalipsis mundial, decretado por declaraciones poco prudentes de funcionarios de organismos multilaterales, como el Comisario de Energía de la Unión Europea, Günther Öttinger.

El miedo que genera la idea de la radiación incontrolada, como nuevo jinete del apocalipsis, es asociado a una amenaza que no se ve, y que por lo tanto nos impide defendernos; hace resurgir en nosotros los fantasmas a los que temíamos de niños, generando en muchas personas el mismo miedo infantil que paraliza, porque es imposible de prevenir y que puede desencadenar el terror del pensamiento catastrofista que podría incluso llevar hasta a los suicidios, individuales o colectivos. A pesar de las declaraciones de instancias generalmente bien informadas, como la Oficina estadounidense de la Energía, que ha informado que los niveles registrados de partículas radiactivas detectadas en California y procedentes de Japón son mínimos y no suponen ningún peligro para la salud, la psicosis colectiva se desató en América.

La mayor parte de la gente no tiene información ni medianamente suficiente sobre el tema de la radiación, que es bastante compleja, y por eso se tiende a exagerar sus consecuencias mundiales, e incluso la prensa no especializada, que siempre amplifica los sucesos, deforma ahora las consecuencias por ignorancia de los efectos reales sobre el medio ambiente. Y lo peor es que pareciera no haber antídotos para protegernos. El más conocido es el yodo, que evita los efectos de la radiación en la tiroides; es escaso y caro y sólo estaría al alcance de unos pocos. Ante la aparente falta de alternativas científicas, ya aparecieron los productos mágicos para contrarrestar estas radiaciones, como las algas con selenio, el romero en cápsulas, las zeolitas, el ácido fúlvico, los hongos Chaga, el aloe vera, el Ginseng y la sal de mar. Además, hay otra ola enorme, esta vez cibernética, de correos por internet, los llamados “phishing”, que piden ayuda en efectivo para las víctimas de Japón, y que solamente son sitios de estafadores.

Si hacemos caso a estas noticias, sensibilizados por el cambio climático y los desastres ecológicos, el futuro aparece oscuro y el miedo se vuelve más intenso. Pero la mejor manera de protegernos no viene de productos tan irreales como la amenaza que los genera, sino de la búsqueda de información real que nos permita explicarnos cuáles son los verdaderos peligros de esta tragedia y sus auténticas consecuencias.
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