Vampyr
Nacido en un pueblo de la región transilvana e influenciado indudablemente por la dura mirada de los filósofos alemanes Federico Nietzsche y Arthur Schopenhauer, Cioran conocería en la Universidad de Bucarest a personajes que fueron fundamentales en su formación, como el padre del teatro del absurdo Eugene Ionesco y el estudioso de la historia de los mitos Mircea Eliade. Fue en esa época cuando tuvo sus coqueteos con las tendencias fascistas y los grupos de derecha, hechos de los que no se cansaría de arrepentirse en su madurez.
Y aunque nunca se propuso ser un filósofo formal, abordó en sus obras la cara negra de la existencia humana: reflexionó sobre el imperio del absurdo, la inevitable decadencia, la presunta validez de la historia, los mecanismos del aburrimiento, o los sutiles resortes de la soledad, convirtiéndose en uno de los pensadores más pesimistas de todos los tiempos
La razón como enfermedad
Cioran utilizó su afilada lucidez para desgarrar y cuestionar todas y cada una de las supuestas conquistas del espíritu y del desarrollo humano. Bautizado por sus críticos como un filósofo “lírico” o “sin sistema”, nadie fue mejor para refutarlo que él mismo, quien llegó a establecer agudos razonamientos andamiados en un puñado de premisas contradictorias. Curiosamente, uno de los personajes más opuestos en el espectro de su pesimismo, fue el filósofo peninsular Fernando Savater, uno de sus primeros traductores al español. Como un Diógenes moderno, el rumano fue un intenso agitador intelectual, ávido siempre de la polémica y la discusión, amparado en la espinosa doctrina de su cinismo.
Los abismos cotidianos
La sensación de vacío y sinsentido que cifró toda su vida, se vio aligerada por el oficio de escribir. Sin embargo, y a pesar de su amargura, su obra parece animada por una nerviosa energía que quiso agotarse en infinidad de temas. Como una enciclopedia hundida en vinagre o un diálogo a latigazos. Armado con aforismos como dardos envenenados, se jactó alguna vez de que sus libros estaban hechos para “hacer despertar” ¿Pero a qué? ¿A quiénes?
Crítico acérrimo de la cultura occidental clásica, su pensamiento y su discurso siempre prefirieron ser fragmentarios, discontinuos, contradictorios… de ahí quizá su predilección por comunicarse a través de las compactas y punzantes púas del aforismo.
Nihilista amargo e irónico, se dio permiso para amar la música –Bach sobre todo– y mostrar su admiración por autores como Mallarmé o Jorge Luis Borges, a quien dedicó uno de sus postreros ensayos “El Último Delicado”, donde realiza un abordaje filosófico del argentino a través de un inusitado sentido del humor.
Rabioso agnóstico, aunque toda la vida reflexionó y bravuconeó en torno a la idea del suicidio como una posibilidad legítima y deseable, a la larga, su prolongada existencia acabó por desdecirlo: vivió y murió hasta los 84 años.
Bardo de las bardas
”Cada ser es un himno destruido”.
Emil Michel Cioran
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