7 lecturas





Un árbol, un cuerpo, una nube, son otra cosa en las fotografías. Una promesa y una ausencia. El fotógrafo sospecha que las fotos nos resumen. Piezas desperdigadas de un rompecabezas que al irlas reuniendo nos ordenan y nos dan un lugar –un punto de vista definitivo– en medio de la apariencia volátil del mundo.

Mirar para no morir

Si la mirada es voracidad continua, infinito deseo por apropiarse de lo visto, las imágenes de Ignacio Valdez nos reafirman que el argumento de la piel es inapelable. Ya que su discurso es el palpitar mismo del mundo que muta y se reacomoda en actos mínimos que revelan la terrible fuerza de la belleza.

¿Qué mortal ha atisbado el supremo misterio del cajón de una mujer? ¿Qué turbio mar de historias duerme entre las cerdas de un cepillo, o en las quietas aguas de un espejo?

La mirada nos condena a la maravilla y a la fragilidad, Nacho sabe que algo en el hombre más duro se ablanda ante la contemplación de ciertas fotografías: esos torsos de terciopelo aduraznado en una frontera inasible entre la luz y la sombra, guiños eternos que remiten a la intrusión cuasi invisible de Pedro Meyer o a la mirada exhaustiva y a la vez distante del maestro Álvarez Bravo.

Amorosos fantasmas

Ignacio Valdez ha construido muy pronto un código propio; su mirada es como una marca de agua que recorre vuelta cascada la intimidad de habitaciones en semipenumbra; un ojo ubicuo que al ver uno las fotografías pareciera nunca haber estado ahí, pero que de no ser por él estaríamos ayunos de fugaces portentos: axilas que casi despiden un olor a fruta. Pliegues donde se funde y se funda la piel, la sombra y el milagro. Melenas airosas que en la inmovilidad del febril parpadeo que las eternizó, nos siguen sumiendo en un indecible vértigo.

Miro estas imágenes y ya mi mirada no es la misma; tampoco lo mirado, y pienso en la tremenda lucidez de Susan Sontag, al afirmar que “La fotografía implica redención: lo que se recuerda se salva, lo que se olvida se pierde”.

Nada más real que la piel.

Fantasmas somos los que miramos desde este lado de la fotografía.

Como Joel Pieter Witkin, otro cazador de bestias mitológicas, Ignacio Valdez sabe que la belleza es monstruosa. “Monstruo” que proviene de “mostrarse”. Por ello, la hermosura no vista no existe.

Ellas son las visiones.

La mirada de Ignacio Valdez, es decir, nuestro pasmo, el lugar de las apariciones.

Bardo de las bardas

“La belleza es otra forma de la verdad.”

Alejandro Casona
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