Es conocido como el movimiento litúrgico de los últimos años contempló especialmente la reforma de la Celebración Eucarística, sobre todo la que se celebra los domingos con el mayor número posible de participantes. Ya desde el siglo XVI, en el Concilio de Trento se hizo conciencia de la necesidad de reformar esta celebración. Pero las reformas que se realizaron, fueron limitadas, debido a las circunstancias demasiado apologéticas del tiempo. Pero los trabajos que se hicieron, en lo tocante a la Eucaristía, marcaron decididamente los cambios que se habrían de realizar en el Concilio Vaticano II. En efecto, el Vaticano II, hablando de “El Sacrosanto Misterio de la Eucaristía”, manifiesta una clara amplitud, por ejemplo, el término “Misterio” significa un lenguaje universal, así como también las palabras Sacrificio y Sacramento.

Este sacrificio es, naturalmente, la “continuidad” del sacrificio de Cristo sobre la cruz, para “perpetuarlo”, expresión que vino a sustituir la redacción anterior que hablaba de “prolongar” el sacrificio de Cristo. Al mismo tiempo se habla ahora de que, la celebración eucarística es “el memorial” de Cristo, término que encontramos frecuentemente en el uso común. La Eucaristía es “el memorial” no sólo de la “muerte” sino también de la “Resurrección de Cristo”. La celebración eucarística es, además, “el sacramento de piedad religiosa”. Expresión que proviene de la 1 Tim. 3, 16, que significa allí todo el Misterio de Cristo, (desde la Encarnación hasta la Glorificación “a la derecha del Padre”), Misterio que significa el cabal cumplimiento de la Religión Cristiana. La Iglesia, aplicando la fórmula de san Pablo al Misterio Eucarístico, afirma que, en la Celebración Eucarística está presente y operante el misterio de Cristo.

El Sacrificio Eucarístico es también, “signo de unidad, vínculo de caridad, convivio pascual, en el cual se recibe a Cristo, el alma se desborda de gracia y se nos da la garantía de la gloria futura”. Por esto, la Iglesia se preocupa vivamente de que los fieles no asistan nada más como extranjeros o mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien, por medio de los ritos y de las oraciones, “participen”, en la acción sagrada consciente, devota y activamente. No se trata, de cualquier “compresión” de los ritos y de las oraciones, sino de la comprensión del mismo Misterio, y precisamente de todo el Misterio Eucarístico. Por lo tanto no se trata sólo de “entender bien” los ritos y oraciones, sino que se necesita la “comprensión” del Misterio.

La Iglesia se preocupa, de que los fieles sean instruidos en la Palabra de Dios, se alimenten de la mesa del Cuerpo del Señor, le den gracias, ofreciéndose como “Hostias Inmaculadas”, no solamente a través de las manos del sacerdote, sino “juntamente con él”, aprendiendo a ofrecerse a sí mismos, día tras día, por medio de Cristo Mediador, de tal manera que sean perfeccionados en la unión con Dios y entre ellos, y así, “Dios sea todo en todos”.
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