Más todavía, en las Misas de los domingos y de las fiestas de precepto, celebradas con la participación del pueblo, no se omita la homilía.
La Iglesia subraya con fuerza,la importancia de la liturgia de la Palabra, declarando que las dos partes que constituyen, en cierto modo, la misa, esto es, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística, deben estar unidas entre sí tan estrechamente que formen un solo acto de culto. Es por eso que la iglesia exhorta vivamente a los sacerdotes a que instruyan a los fieles con mucho cuidado, para que participen en la “misa entera”, especialmente los domingos y las fiestas de precepto.
Debido a que la Celebración Eucarística está ligada, de modo vital y orgánico, con toda la vida cristiana, que tiene como ley suprema el servicio al prójimo en la caridad, (que hoy significa el servicio a todos los hombres), bien se comprende esta otra recomendación: que sea restaurada, después del Evangelio, la homilía, la “oración común”, llamada también “de los fieles”, de tal manera que, con la participación del Pueblo, se hagan especiales oraciones por la Santa Iglesia, por aquellos que nos gobiernan, por todos los que se encuentren en diversas necesidades, por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo.
La Iglesia siempre nos recomienda mucho, que para realizar una participación más plena en la misa, los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban el Cuerpo del Señor, a través de la comunión sacramental, inclusive que, cuando sea posible, los laicos la reciban “bajo las dos especies” de pan y vino consagrados.
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