El problema del aborto taladra la conciencia y cuestiona a una sociedad que es presta para juzgar y condenar el acto mediante el cual se termina la vida de un ser humano en gestación y, sin embargo, pasa por alto las causas que dan origen a una vida no deseada. Millones de embarazos no deseados se registran cada año en el mundo entero. Se ignora el número de abortos que, a pesar de los preservativos más sofisticados que inundan el mercado, el milagro de la vida se da y se perpetúa en las más adversas condiciones.

El amor libre ha formado parte de las transformaciones profundas y rápidas de una sociedad y de una cultura mundial que ofrecen perspectivas y propuestas seductoras. El hedonismo, sistema que considera el placer como único fin de la vida, compromete la verdad de la vida misma, y la dignidad de la persona humana. La verdad no siempre coincide con la opinión de la mayoría. Y la dignidad de la persona es seriamente amenazada cuando gana en libertad sexual, pero empobrece en calidad en sus relaciones interpersonales.
Olvidan que la sexualidad humana, a través de la cual el hombre y la mujer se dan el uno al otro, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona en cuanto tal. Los seres humanos no pueden vivir sin amor. Sus vidas estarían privadas de sentido si no les es revelado el amor, si no lo experimentan y no lo hacen propio. En el corazón del hombre y de la mujer está inscrito el anhelo de un amor verdadero y permanente. Por más que se diga que eso ya no se estila, que ya pasó de moda, el amor total, único y exclusivo, la unión íntima, la donación mutua de dos personas sigue llamando a la puerta.

La nueva cultura considera difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida, y se mofa abiertamente del compromiso de fidelidad. Vivimos en un momento de la historia en que la familia tradicional es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla. Pareciera que cine, radio, prensa y televisión hubieran organizado una conjura para acabar con los valores tradicionales de la especie humana y se dedicaran a promover el amor libre y la actividad sexual a edades cada vez más tempranas: “Goza ahora, paga después”.
Varios expedientes sacados al azar de los archivos de una clínica dedicada a practicar abortos registraba diferentes causas de embarazo no deseado, pero había un común denominador: la paciente no tenía alternativas, no tenía a quién recurrir. Cuatro casos eran embarazos resultados de incesto: el hermano, el tío, el padre y el abuelo. Dos casos eran consecuencia de relaciones con el novio: “¿Cómo sé que es mío?” Tres violaciones. Tres madres de familia con cinco, ocho, y seis niños: imposible alimentar otra boca más: los maridos las obligaban a que “se deshicieran del problema”. Cuatro chicas embarazadas que se dedicaban a la prostitución. Sólo una se mostró fría y calculadora: era su tercer aborto: “Pagan mejor un trabajo de siete minutos que 45 horas de costura en la maquiladora”.

Hay organismos para la protección de ballenas, delfines y mariposas monarca en extinción. Pero ninguno para atacar de raíz la irresponsabilidad sexual que engendra vidas no deseadas. Ninguna que ofrezca alternativas a las víctimas. Y los niños no deben nacer en la banqueta o morir en el bote de basura.

Sí estoy contra el aborto. Pero no me atrevería a apedrear a quien recurre a él porque no encuentra otra alternativa. Una sociedad que condena a la prostituta que aborta, pero no castiga al que paga por divertirse con su carne, deja mucho qué desear. Y como dicen los norteamericanos: “It takes two to tango”. Se necesitan dos para bailar el tango. ¿Por qué castigar sólo a uno?

En el vientre materno se inicia el milagro de una nueva vida; una simiente diminuta experimenta el prodigio de transformarse en un nuevo ser. La especie humana es llamada a reverenciar este acontecimiento: la vida inicia en el momento de la concepción, y exige responsabilidad sexual tanto a hombres como a mujeres.

Millones de seres humanos que se conciben en el mundo no son deseados, y no sólo porque las mujeres sean descuidadas como dicen, sino porque no tienen la educación ni la seguridad personal para rechazar al marido en la época fértil del mes y, a pesar de tener siete u ocho hijos y estar quebrantada su salud, ceden para evitar la violencia doméstica. Estoy en contra del aborto, ciertamente. Pero el juicio y la condena se la dejo a Dios.



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