No es labor de esta columna comentar ese asunto. Pero me declaro contra los no pocos visos de ligera pero vengativa xenofobia contra los canadienses. Un pueblo, como pocos, que ha asumido ese compromiso que Malraux ponderaba en “Los Conquistadores” como impronta de las grandes naciones: “La curiosidad de asimilar, en la medida de lo posible, todas las culturas que se le pongan enfrente”.
Un ejemplo: Canadá es uno de los crisoles del Jazz mundial. Entre sus músicos han surgido propuestas que observan el más universal espíritu de la música.
Para ejemplo está el dueto Bet E. and Steff, quienes han asimilado el bossa nova, el son, la música jarocha; Jazz Tumbao, de Vancouver, formado por locales y foráneos; el legendario baterista Jack DeJohnette, nacido en Chicago, pero educado musicalmente en Canadá. El quinteto Eastwind, con su “neo-bop”.
Diana Krall y Michael Bubble. La primera todo un estándar para las intérpretes femeninas, y destacada pianista. El segundo, gran invocador del Big Band y del estilo crooner. Otros legendarios: Leonard Cohen, cuyos registros también llegan al jazz, destacado poeta. La inigualable Joni Mitchell (versionada por Herbie Hanckock en el multipremiado “Letters From Joni”). Oscar Petterson, virtual creador del piano para jazz. Neil Young, figura indispensable del folk-rock.
La lista es interminable. En mi humilde opinión, en el ámbito del jazz ningún país ha crecido tanto como Canadá. Esto no parece tener otra explicación que la de sus intercambios culturales. Cualquiera que revise el currículum de algún grupo de jazz canadiense, encontrará la presencia de un coreano o un cubano o un puertoriqueño o un mexicano; o un loco quebecois terriblemente entusiasta de la música que se hace fuera de sus nevadas montañas.
Menciono el jazz porque es el ámbito que menos desconozco de la vasta cultura canadiense. Y es también el escenario donde más se notan esos intercambios culturales.
En cuanto a México, ese país siempre nos ha sido cercano. Muchos de nuestros mejores músicos han participado en largos internados en aquel país. Y acá (en Cuernavaca, Morelos) tuvimos como huésped hasta su fallecimiento a uno de los mejores pianistas del jazz: Gil Evans, oriundo de Toronto.
Días antes de la exigencia de visa, México estuvo en ojos y boca de los canadienses luego de la destacada participación de la legión nacional en el Festival de Jazz de Montreal, el más importante en su género. Sacbé, Magos Herrera, entre otros músicos fueron más ovacionados y apreciados que en casa.
Nadie como Canadá para apreciar lo extranjero y para abordarlo como si no les fuera ajeno. Quizá por ello sorprende lo de las visas. Pero entendamos que en esa decisión política no hay discriminación ni rechazo alguno hacia, nosotros, integrantes de una cultura que aprecian y admiran. Como lo hacen con todo el mundo.
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