A principios de agosto, en los Altos de Jalisco, una célula del crimen organizado se enfrentó con policías federales, resultando arrestados dos hombres y una niña sicaria que los acompañaba, de 13 años, que fue puesta en libertad y entregada a sus padres después de haber declarado ante el Ministerio Público Federal.

No es un caso aislado. La Red por los Derechos de la Infancia, coalición formada por 63 organizaciones de la sociedad civil que desarrollan programas a favor de niñas, niños y adolescentes mexicanos en situaciones de vulnerabilidad, estima que más de 30 mil menores realizan diversas actividades delictivas para la delincuencia organizada, desde pasar droga, secuestrar migrantes, hacer labores de espionaje e información hasta servir como acompañantes sexuales y cometer homicidios.

¿Qué hace posible que un niño o una niña, de 13 años o menores, tomen en sus manos un arma de fuego y amenacen, hieran o maten a otro ser humano? Quien lo hace posible es siempre un adulto, que ha visto en los niños una extensión del poder de fuego del arma que pusieron en sus manos. Un adulto que localizó a un niño o niña vulnerable, con una situación familiar precaria, que lo invita a reuniones y fiestas con abundancia de comida y bebida, que le soborna con regalos lujosos, que le seduce con cuentos y anécdotas heroicas, que le ofrece trabajar junto a ellos y que le aclara que si traiciona va a morir junto a su familia. Según la OCDE, uno de cada cuatro menores en México vive en situación de pobreza, y este hombre le ofrecerá de mil 500 hasta 20 mil pesos por un asesinato.

¿Qué pasa en la mente de un niño o de una niña cuando se le pide que asalte, hiera o mate a una persona que no conoce? En su mente está la idea de jugar, no hay aún una distinción muy clara entre la realidad fantaseada y la realidad concreta. Además, cuando todavía no se han cumplido los 13 años es muy difícil resistirse a las órdenes de las personas que tienen este tipo de autoridad sobre ellos. Es complicado decir que no, sobre todo cuando ese niño o esa niña se siente amenazado, está profundamente necesitado de afecto o ve en el adulto una fuente de admiración que le permite identificarse, sintiendo que es el modelo a seguir, más fuerte que los padres y tal vez que cualquier otro ser humano.

Y el niño o la niña quieren complacer a la persona que les pone el arma en la mano y que les da la orden de dispararla. No piensan en las consecuencias que tendrá el dispararle a otra persona, porque la víctima se ha cosificado, porque les han enseñado que las víctimas, los enemigos, los otros, no son seres como ellos, no tienen sentimientos ni sufren dolor. Los matas y ya, no pasa nada. Una vez que se ha realizado el crimen, éste se vuelve hazaña y el niño recibe el reconocimiento que hasta ese momento le había sido negado. Ya es alguien para sus iguales. Ya tiene valor, ya existe.

Y lo mismo da si el niño cumple otras tareas, como la de vigilar, cuidar o robar. La posibilidad de realizarlas le hace sentir parte de una familia poderosa, integrada, llena de protección y fuerza, sensaciones que posiblemente nunca haya experimentado dentro de su propia familia, lejana y llena de carencias de todo tipo.

¿Quién es, entonces, el verdadero culpable de que los niños se tornen asesinos, que se conviertan en sicarios? El adulto que les pone el arma en la mano, que les enseña a dispararla y que les indica hacia adónde, que les fija el blanco y si la bala da en ese blanco señalado por el adulto, les premia y les refuerza con reconocimiento esa conducta que los prepara para volver a hacerlo, una y otra vez, hasta que ellos mismos sean blanco del contrario. Ese adulto es, sin duda, el culpable directo de esta brutalidad inhumana.
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