Algunos de nuestros máximos representantes deportivos, integrantes de la Selección Mexicana de Futbol, fueron sorprendidos por cámaras relativamente indiscretas a la entrada de una fiesta privada que organizaron en un hotel de la ciudad sede del partido amistoso contra la selección de Colombia, el pasado 7 de septiembre en Monterrey, que ganaron con actitud alegre, como que sabían qué premio les esperaba al final de la jornada. Esta fiesta causó, por decir lo menos, sensación en el mundo entero. La fiesta de los seleccionados seguramente fue tan divertida que ni se dieron cuenta que les estaban tomando fotos. Entre los invitados estaba un travesti que dice haber tenido algún acercamiento sexual con un seleccionado y ese detalle detonó nuevamente la crítica social.
El festejo, que seguramente no tuvo el costo de las celebraciones del 16 de septiembre, fue tan comentado como éste y dividió a la opinión pública en tres bandos: unos, los puristas, pensaron como las autoridades de la federación y afirmaron que había estado muy mal. Fueron encabezados por el secretario general de la Federación Mexicana de Futbol, Decio de María, quien admitió que los castigos no debieron hacerse públicos, porque la afición no iba a entender claramente lo que había pasado, aunque aseguró que los jugadores se equivocaron en armar la fiesta, pues dijo que “estábamos en el hotel de concentración”.
Otros, los que pensaron como los jugadores, dijeron que se había exagerado mucho. Como ejemplo, el delantero Francisco Palencia, del Pumas declaró que la concentración ya se había roto y los jugadores eran libres de hacer lo que quisieran. Dijo que: “Evidentemente debes tener cuidado porque somos profesionales, somos gente pública, pero si los directivos sabían que había una fiesta y lo autorizaron entonces la sanción me parece incoherente”.
Otros mÁs, tal vez representando a la mayor parte de la opinión pública, pensamos que esa celebración no es una novedad y que fue bastante decente a comparación de las orgías romanas, las fiestas palaciegas de Versalles o las celebraciones privadas en las grandes mansiones del siglo 19, en donde no solamente el repertorio incluía abundancia de sexo y comida sino que duraban semanas, moría gente de indigestión o por efectos de las extrañas maneras de obtener placer que se inventaron en esos tiempos y de las que ahora ya nadie se asombra.
Y es que en todas las épocas, después de cualquier hazaña bélica o deportiva, que para el instinto humano es lo mismo, o bien para celebrar el fin de la cosecha o la terminación de los estudios, las fiestas bacanales o sus correspondientes culturales tenían como consigna el desenfreno y la suspensión de reglas morales, solamente por esa noche o ese día. Una fiesta así tiene como fin último obtener la relajación muscular y la vuelta al equilibrio personal, eliminando con las endorfinas el exceso de adrenalina que podría dañar el equilibrio corporal, porque las hormonas antagonistas no son suficientes para devolver la tranquilidad al cuerpo. Es decir, busca que los participantes vuelvan a la normalidad cotidiana, a sus labores y a sus casas, con el mínimo de agresividad para que no dañen a las crías, a sus seres queridos.
Lo relevante de esa fiestecita es que los medios de comunicación tuvieron evidencias. No se asuste usted. No es que ésta sea una época en que los valores estén muriendo. Es solamente una manifestación más de la naturaleza humana. Y aunque en modo alguno se justifica, ya no importa tanto que los atletas sean figuras de identificación de nuestra juventud, porque la mente sana no se asienta en un cuerpo sano sino en actitudes equilibradas que desde hace mucho el solo deporte no proporciona.
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