Ésta fue una semana violenta como pocas. La guerra provocada por el combate a los cárteles de las drogas está llegando a la puerta de nuestras casas. En la mayor parte de las ciudades mexicanas, las armas, portadas por los buenos y los malos, que ya no queda tan claro quiénes son unos y otros, resuenan en las calles, enfrente de las escuelas de nuestros hijos, en las plazas comerciales y en los parques recreativos. Pero si bien esto de las muertes y los disparos que matan víctimas inocentes es nuevo, la presencia de las drogas no lo es. Tienen muchos años invadiendo lentamente nuestro entorno, nuestras casas, nuestras familias.

Ya desde hace mucho tiempo vivimos una época en que las sustancias que alteran nuestra percepción de la realidad o que modifican nuestro estado de ánimo de manera artificial, es decir, las drogas psicoactivas, están presentes de manera abundante y en todas partes. Usted y yo, a lo largo del día, seguramente consumimos alguna, ya sea en forma de cafeína, de alcohol o de nicotina.

Drogas legales e ilegales han hecho presencia en nuestra vida cotidiana. Muchas personas se han acostumbrado a reforzar su descanso con inductores del sueño, regulan su ansiedad con ansiolíticos o su depresión con antidepresivos. En nuestros botiquines, en nuestra cocina, en los talleres o en las aulas tenemos una amplia gama de sustancias potencialmente alteradoras de la conciencia. Si bien estamos alarmados por las drogas más publicitadas que circulan en las calles, como la cocaína o la marihuana, no lo estamos tanto por las otras opciones, comunes, fáciles de adquirir y baratas.

En las fiestas, en los antros, en los “reves” y en las escuelas circula una gran cantidad de sustancias químicas o drogas de diseño basadas en derivados de la anfetamina, siendo el “éxtasis” la más conocida, pero existiendo una gran variedad de ellas, con efectos más o menos parecidos y de enorme peligro, porque quienes la consumen están convencidos que son drogas seguras que tienen efectos positivos y que no les harán daño. Al contrario, les permitirán disfrutar más del baile, comunicarse mejor entre ellos, hacerse populares y disfrutar de ciertos efectos afrodisiacos que aseguran el posterior consumo de esas sustancias.

Y no piense que los jóvenes consumidores de estas drogas tienen graves problemas de personalidad, dificultades afectivas serias o conflictos de adaptación. No. El motivo básico que impulsa al consumo de estas sustancias es la curiosidad y la fascinación por experimentar nuevas sensaciones, así como la presión del grupo y la influencia de los amigos, pues debe usted saber que la primera vez que se consume generalmente no se compra, sino que un amigo o amiga lo proporciona. Lo peor es que estas drogas están asociadas a la diversión y al baile, al descanso del fin de semana. Y cuando llegan a casa, los jóvenes que las consumieron para aumentar su emoción de fin de semana, los padres ya están dormidos y nadie se da cuenta de que la droga se fue apoderando, lentamente, de muchachas y muchachos sanos, hijos de familias normales, con un sólo problema: una deficiente comunicación entre ellos.

Y es que parece haber tantas drogas en la casa como en la calle, y tantas formas legales como ilegales de drogarse. Algunas sustancias para el arreglo de las uñas actúan como alucinógenos cuando se aspiran de manera continuada. Los globos de helio, que se usan ahora para adornar regalos, los desodorantes de ambiente y muchas cosas más, pueden ser utilizados como drogas.

El ingenio humano no tiene límites. Lo que más me llama la atención es el uso de las toallitas húmedas, que puestas a baño maría producen un vapor que alcoholiza rápidamente, y me maravilló saber que la mezcla de jarabe para la tos, una botella de Red Bull y dos cigarrillos fumados rápidamente hacen el mismo efecto que una alta dosis de anfetaminas. Y toda esta información, muy precisa, está ahora en Internet.

No hay duda de que la batalla contra las drogas no se ganará con armas o con la violencia. La tenemos que ganar los padres y maestros con información amplia y actualizada constantemente, y con la conciencia de que no hay blindajes ni lugares que sean seguros cuando las personas se empeñan en buscar paraísos artificiales. Es claro que en la educación, no en las armas, está el primer paso para derrotar a los cárteles de la droga.
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