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Vicente Bello
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02 Diciembre 2016 04:00:00
La envilecida Cámara de Diputados
La Secretaría General de la Cámara de Diputados ha informado que a los 500 legisladores que la conforman se le repartirán 246 millones de pesos; es decir, cada uno recibirá casi 500 mil pesos en diciembre, por concepto de dieta (así le dicen a su sueldo mensual), aguinaldo y bono de fin de año.

Pero, en estricta justicia, hay que aclarar que no será a los 500, porque han rechazado las bonificaciones extraordinarias los diputados de los grupos parlamentarios Morena y Movimiento Ciudadano. El resto –priístas, panistas, perredistas, pvemistas y los del pes y panal- con singular alegría los recibirán.

Si usted, lectora, lector, se sorprenden, habría que decirles que estas entregas no son nuevas. Cada año los diputados así se despachan con la cuchara grande.

Solo que ahora causa más furor porque han sido ellos los artífices, junto con el gobierno de Enrique Peña Nieto, de la autorización de uno de los presupuestos de egresos (el que se ejercerá durante 2017) más desgraciados que se recuerden.

Al presupuesto de marras, los diputados hicieron recortes terribles. Un ejemplo: de los 10 mil y pico de millones de pesos que en 2015 destinaron para las 59 zonas metropolitanas del país, ahora, para 2017, solo autorizaron 3 mil 400 millones de pesos.

A pesar de que un sector de la oposición planteó que se recortaran gastos y sueldos y salarios de la alta burocracia, el pleno mayoritario de los diputados jamás los tocó. Y entre éstos, figuran las dietas de ellos mismos, evidentemente; como también los bonos y los demás estímulos.

Tampoco quisieron acabar, por cierto, con la discrecionalidad de los presidentes de comisiones ordinarias a la hora de aplicar el presupuesto. Como tampoco quisieron dar luz, acabar con la oscuridad en el ejercicio del presupuesto por parte de los coordinadores parlamentarios, que solo ellos saben cómo, cuándo, dónde, por qué y en qué gastan las millonadas que manejan.

La manera como los diputados se tratan, en materia de presupuesto, es infame. Y es como una carcajada, una burla, a quienes dicen ellos representar.

Según el artículo 51 constitucional, los diputados federales son los representantes de la nación, que llegan a serlo a través de un sistema electoral que, para sus efectos, se divide en distritos electorales.

Hay una creencia generalizada de que en México muy poca gente simpatiza con sus diputados, a quienes, más bien, suelen ver como unos rufianes, pasados de listos, que viven a costillas de la gente y que no representan más que a sus intereses y ambiciones personales y de partido.

Muy poca gente ve a los diputados como dicta la Constitución: representantes de la nación.

Entre los diputados y la gente se ha abierto un abismo, que cada año se abre más.

Son como dos clases económicas muy distintas: en tanto la clase política, a la que pertenecen los diputados, se enriquece cada día más y goza de privilegios francamente ofensivos, en la otra orilla cada día que pasa hay más gente que llega a los territorios de la pobreza (56 millones de personas), adonde se escucha el tronadero de dedos  porque no hay dinero para comprar tortillas, o pan, o frijoles o huevos para los hijos. O, tampoco, para el pasaje hacia la escuela.

Esta cada vez más envilecida clase política mexicana no sabe de estos horrores. El horror que sufren millones de padres de familia de ver cómo anochece y de cómo los hijos tienen que dormir sin comer ni cenar.

Es común escuchar en los restaurantes de la Cámara de Diputados cómo hablan algunos de ellos enorgulleciéndose de que sus hijos ya estudian en Londres, o en Estados Unidos, o en Alemania. O en España. Ellos mismos, los legisladores, se vanaglorian diciendo que vienen de hacer alguna maestría del extranjero.

Y ahora, en estos días en que se preparan para irse de vacaciones (aunque oficialmente no las tengan), es también común escuchar que preparan viajes a Europa o a Miami…

Envilecidos hasta las cachas, estos individuos –hombres y mujeres- por eso necesitan de los bonos y los emolumentos especiales que se agencian, se inventan, se procuran en fin de año más ingresos. Más allá incluso de los 120 mil pesos mensuales de su dieta.

Esto de decir dieta es parte del lenguaje legislativo de México. Los diputados, al figurar como representantes de la nación, no son considerados ni empleados ni obreros. Y a su  pago, entonces, no se le dice ni salario ni sueldo, sino dieta.

En estos días tan difícil para la república y su gente, los diputados  poco hacen para tener una poca de autoridad moral. ¿Cómo, con qué cara los diputados le podrían decir a Enrique Peña Nieto y a Luis Videgaray Caso que ya no sean tan corruptos?

Los diputados –refiriéndose a la mayoría, sometida al Ejecutivo Federal- son parte fundamental de la tragedia que sufre actualmente el país.

ESTRIBO
Carlos Slim, el empresario más prestigiado  y rico de México, ha dicho: “México debería poner atención en casa e invertir para crecer en momentos en que la economía sufre la baja de los precios del crudo y la volatilidad generada por la incertidumbre sobre la política del presidente electo de estados Unidos, Donald Trump”.

Y remachaba: “Es necesario atender el mercado interno para volver a crecer a tasas del 5 por ciento”.

Los opositores propusieron esto, cuando votaban el presupuesto; pero aquella mayoría envilecida votó para apuntalar el modelo macroeconómico, adonde el mercado interno es secundario y lo que importa es proteger a las multinacionales en el país.

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