No podemos olvidar la importancia decisiva que tiene el recurso a la Virgen María en la lucha contra las fuerzas del Mal. No es que Ella sustituya a Jesucristo en la lucha contra Satanás, sino que es el mismo Jesucristo quien la pone junto a cada hombre y, en particular, junto a cada sacerdote, cuando se trata de este gran combate, para mantenernos estrechamente unidos a Él que es quien nos obtiene la victoria.
María, que Cristo mismo nos la ha dado desde la Cruz como Madre, (engendrándonos en aquel momento, con los sufrimientos que le causaron la muerte de su Hijo), se coloca junto a nosotros, con su amor y su protección materna, con su ayuda, con su intercesión y su oración continua. Además, si María sobre el Calvario, se convirtió en Madre de todos los hombres, lo es particularmente de todo sacerdote, sobre todo porque Jesucristo su Hijo es el Sumo Sacerdote, que se entregó Él mismo a la muerte por nuestra salvación, y, además, porque sobre el Calvario, le dijo a Juan, señalando a María: “He ahí a tu Madre”, (Jn. 19, 27). En este hecho Juan representaba a la humanidad entera y, también, a todos los sacerdotes de todos los tiempos, pues Juan había sido ordenado sacerdote por Cristo mismo, la tarde del día anterior, en el Cenáculo.
Desde la cruz, Jesús dijo a todo cristiano y, de modo particular, a todo sacerdote: “He ahí a tu Madre”, por lo cual, si es cierto que en todo caso la Virgen María se comporta con cada uno como Madre, sin embargo, para poder actuar como Ella desea, necesita que cada uno, por su propia cuenta, la acepte y se consagre a Ella con confianza total. Si esto se realiza y se renueva con perseverancia, todos los días, podemos estar seguros de que nuestra propia vida está protegida y que ningún enemigo nos hará daño. Sin embargo, debemos tener la firme decisión de hacernos sus hijos y fiarnos de ella como los niños se fían de su madre. ¿Y quien más que el sacerdote deberá tomar esta firme decisión?.
En efecto, la misión del sacerdote es inmensa, comprometedora, delicada y, por esto, tiene más necesidad que los demás de ser guiado, protegido y sostenido por esta Madre. En la medida en que un sacerdote está enamorado de María y se confía y abandona a Ella, haciéndose como un niño que se deja llevar por esta Madre, tanto más Ella podrá protegerlo y, al mismo tiempo será para él una poderosa barrera de protección contra todos los ataques del demonio.
Más todavía, si la guía, la protección y el apoyo de María son necesarios para todo cristiano, es todavía más necesario para el sacerdote, sobre todo si éste, es un sacerdote exorcista, que debe combatir “cara a cara” con el Maligno. Por esto no es concebible un sacerdote exorcista que no permita a María ejercitar, en máximo grado, el poder del amor de su maternidad hacia él. Un sacerdote exorcista, si quiere tener toda la ayuda de lo Alto, debe tener un amor desbordante por esta Madre, debe sumergirse en su espíritu, en su candor, en su plenitud de gracia, vivir en su Corazón Inmaculado para estar más estrechamente unido a Jesucristo y, así, aplastar la cabeza de la Serpiente. ¡Cuántos exorcistas enamorados de María oyeron decir al demonio: “Si no fuese por Ella, no sabes cuántas cosas te hubiera podido hacer”. Ella no me permite tocarte!”. Y qué gran consolación fue para un exorcista oír al demonio decir con gran repugnancia: “Ella (esto es, María), me ha ordenado decirte que te ama y te bendice”.
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