Sin embargo, esto que llamamos “nuevo” debe también continuar renovándose. La palabra de Dios es sólo una semilla, es sólo la levadura, el Reino de Dios debe crecer como un árbol, la “nueva vida” debe renovarse y desarrollarse de día en día. El “hombre interior se renueva de día en día” (2Cor. 4, 16).
En este marco, la rehabilitación de “lo nuevo”, y de la “novedad” resulta perfectamente comprensible. La Iglesia misma debe renovarse sin detenerse. Porque su vida está integrada de modo vital en la vida del mundo, porque ella esta íntimamente vinculada al mundo, el cual continuamente se desarrolla y se renueva. También la Iglesia está incorporada en este perenne proceso renovador del mundo. Por lo tanto los católicos deben asumir los “nuevos caminos” de la cultura, las “nuevas tendencias artísticas”, “los nuevos modos de pensar, de actuar, de emplear el tiempo libre”. Los fieles deben saber armonizar con su cristianismo, el conocimiento de las nuevas doctrinas y de los más recientes descubrimientos. En sus tareas ordinarias la Iglesia debe saber hacer buen uso aun de los descubrimientos de las ciencias naturales, en primer lugar de la psicología y de la sociología.
Los cristianos no solamente deben hacer propio lo nuevo sino, también ellos, promoverlo. La misma fe, con todas sus fuerzas debe emprender nuevas iniciativas y, donde sea necesario, realizarlas.
Si, también el Espíritu Santo toma parte en la creación de cosas nuevas, la búsqueda y la acción de lo nuevo no debe suscitar sospechas ni desconfianzas tan solo porque se trate de cosas nuevas. Todos aquellos que tengan dificultad con lo “nuevo”, deberían examinar qué es lo que los turba frente a la novedad y, ponderar las cosas en sí mismas. Si son cosas en sí mismas buenas, positivas, constructivas, entonces todo está en orden y, así, la novedad confiere a lo nuevo el mérito que trae toda creación positiva.
Porque todo bien nuevo es verdaderamente una creación positiva, es fruto de una sana fuerza creadora de lo nuevo, es fruto de aquel “espíritu de renovación” que la Iglesia debe promover. El “espíritu de renovación”, a fin de cuentas, no es otra cosa que un reflejo del “Espíritu Creador” que siempre invocamos en la Liturgia de Pentecostés, para que “renueve la faz de la tierra”. Toda renovación social o cultural que diera lugar a un modo de ser estéril, que paralizara la novedad positiva, seria una “novedad absurda”.
Si en el proceso de renovación se mezclaran elementos destructivos y se abandonara el camino justo, se necesitaría, entonces, identificar a la fuerza destructiva y eliminarla. Hay que purificar el proceso de renovación de toda fuerza destructiva, pero nunca renunciar a la renovación en sí misma.
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