Un tipo de demostración involucra una instalación con dos luces que marcan “Puntaje” y “Sin puntaje”. Las personas deben intentar controlar cuál se enciende. Se presenta a un grupo de voluntarios un dispositivo con un botón que cada persona decide presionar o no en cada turno. Se arreglaba el dispositivo de manera que encendiera la luz con una frecuencia predeterminada o totalmente aleatoria, por lo que las personas no tenían ningún control sobre el encendido de la luz. A las personas se les dijo que podía no existir relación entre sus acciones y las luces.
Se les pidió a los voluntarios estimar el grado de control que tenían sobre las luces. Sus estimaciones no guardaban relación con el control que en realidad tenían, sino que estaba relacionado con la frecuencia de parpadeo de la luz. Incluso cuando no había diferencia en lo que escogieran, las personas informaban con seguridad que ejercían algún control sobre las luces.
En una serie de experimentos, Ellen Langer demostró en primer lugar que prevalecía la ilusión del control; y en segundo lugar, que era más probable que la gente se comportara como si pudieran ejercer control en una situación al azar donde estaban presentes “habilidades clave”. Por habilidades clave, Langer se refería a propiedades de la situación más normalmente asociada con el ejercicio de destreza, en particular el ejercicio de elección, competencia, familiaridad con el estímulo y participación en decisiones.
Una forma simple de esta falacia se encuentra en los casinos: cuando se hace rodar un dado en la mesa de juego, se ha mostrado que las personas tienden a tirar más fuerte por números altos y con más ligereza por números bajos. Bajo ciertas circunstancias, se ha inducido al voluntario a creer que podía afectar el resultado del dado. Los sujetos que adivinaron una serie empezaron a creer que eran en realidad mejores adivinadores y creían que su rendimiento al adivinar sería menos preciso si estuvieran distraídos.
Algo similar ocurre en el trato interpersonal, específicamente cuando una persona se queja de su pareja –¡creemos que es posible hacerla cambiar! Se invierten demasiadas horas, enojos, consejos, “invitaciones”, sugerencias y se pasa por un verdadero calvario al tratar de “cambiar” a la otra persona. Hay pocas cosas más inútiles. Lo único que podemos cambiar es a uno mismo: nuestras percepciones, expectativas, ideas y nuestra forma de ser y hacer las cosas. Lo “mágico” es que al hacer esto parece que el mundo cambia y la persona de al lado también.
Querer controlar o cambiar a los demás es una ilusión, especialmente si se trata de la pareja.
| Comparte ese artículo: |
|



