Según una cándida nota periodística, “Cientos de amantes de la lectura” se sumaron a la propuesta. Por más esfuerzo que haga, nunca he podido imaginar cómo se es “amante” de la lectura.
Así, inocente y estúpidamente, comienza la perversión del sentido de las palabras.
Libros sin canto
Los repentinos entusiastas afirman que urge esa ley, porque “varios estados la tienen ya”. Como si el desarrollo cultural fuera una carrera de perros tras una liebre mecánica. O tras un hueso.
¿Qué busca esta ley? Se busca “la integración de un consejo estatal y de consejos regionales.
Además de registrar, enriquecer y preservar el acervo bibliográfico del estado de Coahuila.”
Pregunto ¿Qué ésto no se hace ya a través de las múltiples instancias? Si hay un Instituto Coahuilense de la Cultura, con un Fondo Editorial, un Consejo Editorial del Gobierno del Estado, una Red Estatal de Bibliotecas Públicas, un Instituto Municipal de Cultura y un Consejo Editorial de la Universidad Autónoma de Coahuila, entonces, quienes impulsan esta ley, afirman implícitamente que estas instituciones no están cumpliendo cabalmente con su función.
Amorosos fantasmas
Otro argumento que se ha usado como justificación, es que esta “ley” permitiría formar un acervo y darle difusión a todo lo que se edita en el Estado. No dudo que gente de buena fe haya apoyado esta iniciativa, pero visto lo anterior, esto suena más bien a urgencia de burócratas en fin de sexenio, buscando una liana nueva de la cual columpiarse.
Si tanto les interesa promover desinteresadamente la lectura, invito a todos esos luminosos y barbados profetas a que se apronten a las bodegas de las instituciones públicas, instalen un campamento en las aceras y se pongan en huelga de hambre hasta rescatar los miles de tomos que se pudren en el olvido y los empiecen a repartir como peces multiplicados. A ver cuánto les dura lo “amante” de la lectura.
O que saquen de la sombra tantas y tantas colecciones fantasmas, como la “Siglo XXI. Escritores Coahuilenses”, a la cual sólo se le vio aparecer para la foto del periódico, pero nunca en la mano de un lector.
Buenas intenciones
Creo que la ley de fomento a la lectura en Coahuila es un recurso oportunista y demagógico que no resolverá las graves carencias de difusión y distribución padecidas por los libros hoy y siempre.
Yo no le dejaría la tarea de impulsar la lectura a un grupo de políticos queriendo vestirse de progresistas. Sigo pensando en la lectura como una elección individual y no como una lesgislación que concibe al lector como una entidad pasiva a la que hay que “redimir”.
Basta de visiones paternalistas y verticales. Que cada quien lea lo que quiera y cómo pueda. No se puede leer por decreto, por imposición. No me veo como padre, leyéndole a mis hijos 15 minutos diarios porque una ley me lo dicta. Considero a la lectura como un gozo privado, una iluminación más allá de las reglamentaciones y las burocracias, una libertad inaccesible a las más torpes politiquerías.
Al rato me vendrán con una ley para besar. Decreto número 4156 para pensar. O una ley de orgasmos.
No abuses de mi inspiración
En un país donde el ciudadano está indefenso ante los atropellos del transporte público, la burocracia como un pulpo con artritis, un sistema de educativo que permite los monopolios de comida chatarra frente a las escuelas, legiones de niños obesos por un puñado de dólares, salarios insuficientes y vulnerabilidad, una ley para promover la lectura se antoja una broma macabra.
Otro peligro derivado de leer por decreto sería la sacralización del libro. Entonces nos vamos al ideal abstracto, a escribir con letras mayúsculas el Amor, la Verdad, el Conocimiento, el Hombre.
Alá me libre de los redentores que no pedí; con la tabla de la ley en una mano y la factura escondida en la otra.
Si yo no les pregunto cuánto cobran por ser amantes del libro, por favor no quieran legislar sobre uno de los últimos reductos donde puedo ser yo.
Si quieren fama de bienhechores o la quincena segura, elijan mejor otros pretextos: salven al unicornio, liberen a Willy, curen la sarna de los perros callejeros, dénle cobijo a los poetas desvalidos o al perrito de la pradera, pero dejen mi pulgada de libertad en paz.
Bardo de las bardas
“Donde se quiere a los libros también se quiere a los hombres.” Heinrich Heine
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