Se vive con incertidumbre porque nadie sabe lo que va a suceder saliendo del hogar, centro de trabajo o centro de estudios; y ante ese sentimiento viene el temor a lo desconocido y por supuesto lo que nadie desearía conocer o toparse con una situación como la que tantas personas han padecido ya: La violencia a través de balaceras donde de manera irresponsable unos cuantos toman las calles para agredir a las fuerzas armadas provocando con ello enfrentamientos, cuyos alcances llegan a ser fatales.
Armas de alta peligrosidad son portadas por jóvenes, expuestos también al peligro por presión o propia decisión. Poco o nada les importa el daño que ocasionan a la sociedad ya que su único objetivo pareciera ser agredir, dañar a quienes consideran el enemigo a enfrentar: El Ejército. En su falta de reflexión, los provocadores, han puesto en peligro a seres inocentes.
“Pecho a tierra” es la consigna para resguardarse de las balaceras. Los niños, nuestros niños, están viviendo una nueva cultura, la del terror, provocada por la inseguridad, las persecuciones, los asaltos. Inseguridad iniciada como estilo de vida por la maldad y ambición de unos cuantos.
Los escolares en su centro de estudios están recibiendo capacitación para ponerse a salvo; los maestros, tienen una nueva encomienda, la de proteger, tranquilizando, a sus alumnos. ¿Cómo evitar que el corazón se acelere al escuchar disparos de arma de fuego? ¿Cómo explicar lo que realmente ocurre en las calles? ¿Cómo evitar sentir miedo?
La inseguridad nos cambió la vida. Modificó la vida de nuestras ciudades. Comunidades, antes tranquilas hoy se ven agredidas. Nuestra ciudad, nuestra amada Piedras Negras, no es la excepción.
Cómo añoramos aquella época en que la confianza era nuestra compañera; el caminar con tranquilidad por sus calles sin temor alguno; el asistir a algún espectáculo sin temor a ser molestados. A pesar de ser frontera, fue por mucho tiempo una ciudad donde se vivía con respeto entre los ciudadanos y confianza en sus autoridades.
Relaciones cordiales entre vecinos siempre dispuestos a ayudarse, a protegerse como una gran familia; porque los vecinos solían ser una extensión de nuestra propia familia por el trato amistoso y sincero que imperaba.
¿Dónde quedó todo aquello? ¿Cuándo y por qué se perdió todo lo que antes prevalecía? Cierto es que los años no pasan en vano, las ciudades crecen y los seres humanos cumplimos nuestro ciclo de vida Tal vez eso sucedió con nuestra ciudad, creció irremediablemente llegando a ella nuevos rostros pero también nuevos intereses, distintos valores.
Intereses que obviamente no eran los de preservar la armonía entre la población ni mantener viva la confianza en las autoridades encargadas del orden, a quienes lamentablemente –como en tantas ciudades- se les ve con recelo, a pesar de que sin duda deben existir buenos elementos.
Añoramos aquellos días de tranquilidad, donde nadie temía ser molestado, menos aún, dañado en su integridad. Hoy, la desconfianza suele ser también nuestra compañera.
Los valores sociales se alteraron y al permitirlo, se pusieron en práctica conductas que no tienen relación con una sana convivencia. La violencia –se podría decir- mantiene casi cautivos a los ciudadanos. La violencia que se ha generado por concepto de asaltos, extorsiones, balaceras ha obligado a no pocos negocios a cerrar sus puertas ante la ola de inseguridad; y el constatar que no hay autoridad alguna que pueda comprometerse a brindar protección al ciudadano, al comerciante, al que arriesga su capital y le apuesta a invertir en su país o comunidad. De nada sirve que las autoridades promuevan en otros países traer inversiones a nuestra ciudad, si no son capaces de ofrecer seguridad a propios o extraños. El turismo, antes, fuente de ingresos, hoy se ha alejado con justificada razón. Mientras exista inseguridad, habrá desconfianza.
La decepción y ¿por qué no decirlo? la indignación nos invade ante la impotencia de querer confiar y no saber en quién o en quiénes hacerlo. ¿Solución a la problemática que se dejó crecer? No se ve llegar a corto plazo. ¿Acostumbrarnos a una situación que deja dolor, angustia, muerte? De ninguna manera. Sin duda no es la ciudad, no es el país –el de la violencia- que queremos dejarle a nuestros niños, a nuestros jóvenes. Si la inseguridad nos ha cambiado la vida, luchemos por recuperar lo que es nuestro y quizás no supimos apreciar: Nuestras ciudades, nuestro país, nuestra propia tranquilidad, un ambiente realmente sano. Tengamos fe y confianza en lograrlo; empecemos trabajar.
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