Guy Debord
Estos tiempos enfatizan la apariencia sobre la esencia; el simulacro sobre la sustancia; la imagen sobre el original; el espectáculo sobre la vida misma.
Ludwig Fuerbach, filósofo premarxista, lo veía desde el siglo 19 con lucidez extrema, al escribir estas palabras: “Y sin duda nuestro tiempo... prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser... lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad”.
En este caso, cómo olvidar la sátira punzante de Tom Wolfe, cuando desnuda al afamado conductor de orquesta, Leonard Bernstein, y con éste a las celebridades, socialités y miembros de la clase alta por adoptar y promover causas políticamente radicales. ¿Su pecado? Sustituir con banalidad y frivolidad el sacrificio y riesgo que implicaba asumir dichas causas; y utilizarlas para fortalecer su estatus social ante su comunidad; y apuntalar, así, el monopolio de la virtud ante el resto de la sociedad.
La consigna entre esos “radicales chic” era una: “Contra la moda, toda lucha es inútil” ¿Qué podemos hacer? ¡Válgame Dios!
¿Escuchar la música de la nueva trova, y en particular, de Silvio Rodríguez o Pablo Milanés, califica a una persona para ser de izquierda? O, quizá, el haber leído las biografías del Che Guevara, u hojeado el extraordinario libro de fotografías de Albert Korda; o el haber visto la película “Diarios de Motocicleta”, y tener la recámara, o la oficina, plagada de posters del guerrillero heróico. ¿Es eso suficiente?
Qué tal, el citar de manera profusa, citas de Marx, Lenin, Trostky y Gramsci, fuera de contexto histórico y del debate político en los cuales ocurrieron. Un apoyar de manera acrítica los regímenes de Daniel Ortega en Nicaragua, Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. ¿Con eso basta?
Puede pensarse ser de izquierda, sin hacerse la siguiente pregunta y comprometerse con su respuesta: ¿Cómo reconstruir una izquierda en México sin los vicios del autoritarismo y totalitarismo que sostuvieron a sangre y fuego a los regímenes de la Unión Soviética, China y sus respectivos países satélites?
O, cómo abrazar las mejores causas de la izquierda, sin ligar sus esfuerzos el movimiento internacionalista que desde esa posición –tanto partidista como ciudadana– impulsa la posibilidad de otro mundo, de otra sociedad posible; en el terreno económico, político, cultural, ético, religioso y medioambiental.
Frei Betto, teólogo de la liberación y asesor de Lula da Silva, ex presidente del Brasil, nos ofrece el siguiente decálogo “para mantenerse en la izquierda”; el mismo, ofrece pistas sólidas para encontrar la esencia, la substancia, lo original y la vida encapsuladas en esa experiencia de transformación social y personal.
Uno, mantenga viva la indignación. Dos, la cabeza piensa donde pisan los pies. No es posible ser de izquierda sin mancharse los zapatos allá donde el pueblo vive, lucha, se alegra y celebra sus creencias y sus victorias. Teoría sin práctica es hacerle el juego a la derecha.
Tres, no se avergüence de creer en el socialismo. Cuatro, sea crítico sin perder la autocrítica.
Cinco, sepa diferenciar entre militante y “militonto”. Militonto es aquel que presume de estar en todo, participar en todos los actos y movimientos, actuar en todos los frentes. El militante profundiza sus vínculos con el pueblo, estudia, reflexiona, medita; valora sus vínculos orgánicos y los proyectos comunitarios.
Seis, sea riguroso en la ética de la militancia La izquierda actúa por principios, la derecha, por intereses. Siete, aliméntese con la tradición de la izquierda. Es importante “volver a las fuentes” para mantener encendida la mística de la militancia.
Ocho, prefiera el riesgo de equivocarse con los pobres, a la pretensión de acertar sin ellos. Un militante de izquierda jamás negocia los derechos de los pobres y aprende con ellos.
Nueve, defienda siempre al oprimido, aunque aparentemente no tenga razón. Y, 10, haga de la oración un antídoto contra la alienación.
La sencillez, la modestia y humildad de este decálogo, conforman el antídoto para mantenerse en la izquierda; más allá del radicalismo “chic”, o de la posibilidad de mentirse a uno mismo, en un simulacro permanente.
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