El general argentino, Juan Domingo Perón, quien hizo de sus mujeres iconos perentorios –primero Evita y luego Isabelita, costumbre matriarcal que también hizo suya el difunto Néstor Kirchner al legar el poder a su esposa, Cristinita Fernández-, solía repetir que, en materia de política y de guerra, conviene siempre estar en una segunda fila desde donde se pueda acceder a la primera cuando ya se haya librado la escaramuza inicial; a los que están a la vanguardia les espera, de acuerdo a esta teoría, un funesto final porque a los redentores siempre los crucifican y a los Papas y Patriarcas les rinden honores hasta la muerte.

Marcelo Ebrard Casaubón fue, durante muchos años, un excelente “segundo”. Primero, a la vera de Manuel Camacho Solís con quien tomó camino inspirado por el “salinismo químicamente puro”, como solía señalarlo el ex presidente que comenzó a recorrer la senda de la barbarie en 1994, y después con Andrés Manuel López Obrador a quien llegó cruzando el puente que le tendió Camacho, acaso uno de los políticos del viejo régimen que le guardan más rencor a éste porque el PRI jamás lo hizo candidato cuando tanto se había ilusionado con suceder a Salinas. No son pocos quienes piensan que los disparos dirigidos a Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas también hicieron blanco en él, suprimiéndole de cualquier posibilidad presidencial. Por ello, acabó fundando el Partido del Centro Democrático y después acabó incorporándose al lópezobradorismo con algunos superficiales maquillajes.

Pese a lo anterior, Marcelo conquistó la confianza de López Obrador por su publicitada lealtad y, junto a él, no pocos antiguos salinistas –la “mafia” en palabras de Andrés Manuel- terminaron por desplazar a los representantes más legítimos de una izquierda poco acostumbrada a ganar y más bien experimentada en represiones de todo tipo. Imagínense: Ya hasta el execrable Manuel Bartlett, represor por antonomasia durante la administración de Miguel de la Madrid, entre 1982 y 1988, coquetea por un espacio dentro del Movimiento Ciudadano –antes Convergencia-, sin el menor pudor ni el mínimo rastro de memoria colectiva. Los sacudimientos, que no reacomodos, mermaron sensiblemente el factor ideológico y la tenaz congruencia del fundador del PRD, el también ex priísta Cuauhtémoc Cárdenas –con la diferencia de que éste ofreció opciones democráticas al PRI, la histórica “Corriente” que canceló De la Madrid antes de la usurpación salinista; los graves pecados vinieron obviamente después-.

De allí a las alianzas turbias, promovidas por Camacho y justificadas por el prurito de afectar al PRI, sólo al PRI, y no a la derecha encuadrada dentro del PAN, que conquistaron posiciones, más bien amorfas, en varias gubernaturas en donde los beneficiarios están forjados con el antiguo acero del priísmo aunque pretendan poner –algunos de ellos, más bien los perdedores- distancia de por medio.

Así que tenemos a una izquierda unida –por cuanto a la actitud ponderada de Ebrard que no cayó en el juego inútil de los enfrentamientos soterrados, alejándose de la candidatura presidencial a pesar de saber que en cuestiones de “mala imagen” la suya es bastante mejor aceptada que la de cualquier otro perredista-, pero deformada en cuestiones de ideologías dada la premura, el oportunismo y la constante de traiciones de muchos de sus nuevos integrantes, más ambiciosos que doctrinarios. De allí, igualmente, la radicalización de figuras como la de Porfirio Muñoz Ledo, ex dirigente nacional priísta y perredista, y Ricardo Monreal Ávila, un fustigador feroz de la izquierda mientras se mantuvo en el PRI y ex gobernador perredista de Zacatecas, acomodados ahora en el Partido del Trabajo. Lo dicho: Sin coherencia alguna.

No existe homogeneidad posible entre tantos factores que impulsan a quienes se mantienen a la izquierda y promulgan que con ello son vanguardistas. ¿Lo sería Andrés Manuel con un Congreso opositor que le restara autoridad en caso de haber llegado a la Presidencia en 2006? ¿Y el propio Marcelo si no hubiera sido cobijado por López Obrador a la hora de la postulación del aspirante a la jefatura de gobierno en ese mismo año? Tal pareciera, con Andrés triunfador, que los resolutivos partidistas de esta opción se darán como si fueran acuerdos de paz rutinarios entre tribus semejantes pero terriblemente ambiciosas, listas a aprovechar el menor traspié del grupo contrincante al interior de los partidos de este sello.

Quizá en este punto radica el punto vulnerable de la exaltada unidad en torno a López Obrador quien no dejó de estar en campaña durante todo el periodo sexenal en curso. No faltan los “antis” quienes alegan que Andrés Manuel no debiera ser aspirante porque ya ejerció la “presidencia legítima” –una figura inexistente y sólo justificable por el afán de resistencia ante un fraude no suficientemente probado pero claro-, y no debiera entonces “reelegirse”. Una trampa rebosante de palabrerías en el sinsentido de las descalificaciones frívolas. De esto, desde luego, no se trata el debate.

Lo trascendente es tener opciones y no despojarnos de ellas por el simplismo de los ambiciosos que quisieran concentrar sus propósitos sólo en evitar el retorno del PRI a Los Pinos. En una democracia madura, caben todas las posibilidades, y si tal es la voluntad mayoritaria de los mexicanos, aun cuando calculemos sus costos, debe ser respetada. De otra manera seremos cualquier cosa menos demócratas. Y esto bien que lo saben los dirigentes políticos de cada una de las fracciones en pugna.

Ahora bien: la definición de la izquierda, y su unidad, significa un factor con el que ya no contaban el PRI y el PAN. ¿Podrá López Obrador remontar la cuesta, incluso la de su propio desprestigio ante los ojos de millones que votaron por él y se resisten a hacerlo de nuevo? Lo creo capaz de ello y de mucho más. Abundaremos.

Debate
Otra cosa son, desde luego, los políticos carroñeros, aquellos que como zopilotes esperan agazapados las tragedias que les provean de nutrientes. Los hay en cada uno de los partidos, sobre todo aquellos con mayores posibilidades de victoria. Porque, en un ámbito rebosante de violencia, es natural pensar sobre la vulnerabilidad de los políticos y no sólo la de los periodistas, cada vez más afrentados por los grupos de poder. (Vaya mi solidaridad con los compañeros de “El Siglo” de Torreón, un cotidiano al que aprendí a querer desde hace muchos años, cuando en él despachaba el inolvidable don Antonio de Juambelz. Ahora ha sido víctima de los violentos, pero nada han podido contra el espíritu del gran diario de La Laguna). Los rumores acerca de que la trampa de las mafias parte de la posibilidad de negociar o de matar a los renuentes, como dicen ocurrió en Michoacán aun cuando nadie se anima a probarlo, es uno de los factores que animan a quienes tratan de encontrar argumentos para asegurar los traspiés de quienes están visibles. ¿Y si le sucede “algo” a Andrés Manuel, con ello podría alcanzar el estrellato el hoy cuidadoso –de todas las formas- Marcelo Ebrard, el “carnal”?
Otro tanto se alega sobre el puntero en la carrera sucesoria, Enrique Peña Nieto, sobre quien se ha dimensionado la enfermedad que padece sin riesgo alguno para su vida ni para su potencial campaña electoral. Si este columnista dio a conocer la versión, confirmada, sobre un cáncer de próstata “encapsulado” –detectado muy a tiempo- es porque cuanto suceda con este personaje es noticia y debe ser motivo de análisis cuidadoso por parte de los votantes presuntos; y no, de ninguna manera, para contribuir a una denostación fácil y engañosa. Pero, sin duda, los zopilotes están muy atentos y ya quisieran poder sobrevolarlo. No creo que se puedan dar gusto.

Pese a lo anterior, la posibilidad de un atentado no es cuestión que deba soslayarse en estos tiempos. Tampoco es tanto como para claudicar o esconderse.
Es la hora de los políticos valientes. Y de los verdaderos periodistas también.

La Anécdota
Le dije a Marcelo Ebrard Casaubón, cuando preparaba “2012: La Sucesión”:
--Observo mucha mediocridad en el sector público. Como si la medianía fuese uno de los hilos conductores de la política actual. Los funcionarios parecen cortados con la misma tijera (sobre todo en el gobierno federal), y algunos me parecen monaguillos regañados y sólo les faltan las campanillas y el incienso.

Marcelo respondió:
--Sí, los mediocres abundan. Y también en mi partido, lo reconozco. Y éste es un lastre muy difícil de sobrellevar cuando se intenta encontrar salidas. Hay quienes insisten que no las hay porque sencillamente no las buscan. Para reflexionar.
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