Enrique Peña dice que “cualquiera puede cometer un error”, y es cierto. El suyo es no haber leído. En cuanto al retweet de su hija Paulina, ¿qué decir? La joven afirma que quienes critican a su padre son, aparte de prole y estúpidos, envidiosos. No, señorita, la ignorancia no se envidia. Y lo que el precandidato del PRI-Panal-Verde a la Presidencia demostró en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es ignorancia supina. Simplemente, no hay excusa para no leer. Para ese fin existen libros braille y audiolibros. Pero en fin.

Producto de la mercadotecnia, Peña, si es hábil, puede sacarle provecho al descalabro de Guadalajara, donde no hizo otra cosa que el ridículo. La apariencia no es sustancia. Peña puede argumentar, por ejemplo, que cumple otros dos requisitos para presidir la República: 1) ser ignorante literario, como Vicente Fox, que le cambió el nombre a Jorge Luis Borges (“José Luis Borgues”, lo rebautizó en España); y 2) despreciar, en este caso por medio de su hija, a quienes se le critican. Con esto empata la tesis complotistas de López Obrador, cuando llamó “pirruris” a los 700 mil mexicanos que el 27 de junio de 2004 protestaron contra la inseguridad y la impunidad.

Peña es un candidato encapsulado. Viene a Saltillo y su equipo le impone condiciones a la prensa, dice quién interroga primero. Y para hacerlo, hay que entregar la pregunta por escrito. Aun así, el precandidato sabrá si responde o no. Como los boxeadores en apuros, cuando está contra las cuerdas, siempre tendrá la protección de “su” televisora. Hasta el viernes pasado tenía a Humberto Moreira para distraer la atención y esquivar algunos golpes. Pero en un cara a cara, siempre resulta con el copete por cualquier lado.

Tampoco es lo mismo hablar para auditorios dóciles, domesticados, que lidiar con una prole tonta y envidiosa. El tema no es para rasgarse las vestiduras, cortarse las venas o ahogarse en un vaso de agua. Si Peña reconoce en la FIL que sus ocupaciones lo han convertido en lector ocasional, como ahora lo hace para salir del pantano al que su propia vanidad lo empujó, igual se le critica, pero evita el escarnio.

Por otra parte, es positivo que a raíz del twett de Paulina, el político-“escritor” hable con sus hijos “sobre el valor del respeto y la tolerancia” y les reitere “que debemos escuchar y no ofender a los demás”. Buen padre este Peña, mas si no hubiera esperado hasta hoy para platicar en casa sobre principios y valores, habría evitado que le lloviera sobre mojado. Porque a la metedura de pata en Guadalajara, le siguió el desliz de su hija.

Es entendible que si Peña no tomaba un libro en el pasado, menos lo haga ahora que ejerce de presidente imaginario. Sin embargo, no estaría de más que lo intentara. Que lea a políticos cultos que han escrito sus propios libros e incluso ganaron el Nobel de Literatura, sin embargo fueron estadistas y quizá Peña jamás lo sea. John F. Kennedy reflexionaba “Si hubiera más políticos que supieran poesía y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un mejor lugar para vivir en él”. Pero un consejo de Lincoln le vendría mejor ahora “Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios”. El dramaturgo galo Albert Ginon era más rudo “Cuando no se elige al más animal de todos, parece que no es realmente democracia”. A leer, señores.

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