Y usted tal vez se pregunte: “¿los pecados que cometí fueron veniales o mortales?”. La diferencia es importante, porque marcará la intensidad de la penitencia, pero… ¿cómo distinguir unos de otros? Para facilitarle esta importante tarea, déjeme decirle que la diferencia entre lo venial y lo mortal es más bien cuestión de ponerle ganas a las cosas con las que se peca: el pecado mortal requiere ser de materia grave y será cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza.
Un porcentaje, seguro que muy pequeño de la gente pecó de soberbia, porque se fue a exclusivos sitios vacacionales que ocasionaron que la otra parte de la población, mucho más grande, cayéramos en el pecado de la envidia. Y quien no va a envidiar con esta crisis a los que se fueron de paseo a Europa, a los hoteles de clase gran turismo de las más selectas playas, o que no reparó en el costo de la gasolina y salió a visitar pueblos mágicos o ciudades encantadas. Pero muchos de esos paseantes que salieron de vacaciones en coche, a estas alturas deben estar cometiendo el pecado de la ira. Carreteras con baches, casetas con filas larguísimas, retenes de todo tipo, restaurantes llenos y caros y muchos obstáculos propios de la época que seguramente los hacen irritar un momento sí y otro también.
Otros vacacionistas seguramente se están entregando a los pecados de la lujuria y la gula, es decir, que les está yendo muy bien en sus vacaciones. Nada como un ambiente relajado y sin horarios para poder entregarse al disfrute del cuerpo y del espíritu. Los deseos del cuerpo se hacen presentes con mayor fuerza cuando la energía no se emplea en el trabajo, que aun cuando sea fecundo y creador, al final agota.
De entre todos, la lujuria es el pecado que más llama la atención, porque tiene muchos y oscuros recovecos: en principio, no se puede tener sexo sin estar santificada la unión de la pareja; si se tiene una relación sexual, debe ser imitando a Jesús en su mansedumbre, humildad y amor. Y eso acaba con la mayor parte de las técnicas sexuales más disfrutables de nuestro tiempo. Aunque el vocero actual de asuntos sexuales de la Iglesia Católica, Ksawery Knots, en su Best Seller del 2009: “Sexo como Dios manda”, dice que “La comisión de pecados sexuales está influida por la inmadurez emocional, los hábitos adquiridos, los estados de temor, las depresiones”, aun así, siguen siendo pecados cosas como las caricias a uno mismo y el uso del condón, porque impide la abstinencia periódica y lleva a la pareja hacia el camino del mal, además de que usarlo es “un hecho malo en sí”, es decir, un pecado. Y el problema es que las vacaciones estimulan la libido y la economía no siempre resiste otro hijo.
Otros más nos quedamos en brazos de la pereza. La pereza es, ahora, mi pecado favorito. Lo cometemos al descuidar la vigilancia sobre uno mismo, siendo negligentes en el corazón debido al relajamiento de las cosas de este y el otro mundo: “El espíritu está pronto pero la carne es débil”, dice el Catecismo, aunque más que débil está con ganas de no hacer nada. Quiere estar en el delicioso ocio.
No se avergüence si termina sus vacaciones con uno que otro pecadillo en su haber. Ya tendrá que ponerse a dieta, pagar tarjetas, arreglar el coche, hacerse análisis y pedirle perdón a su suegra. De los arrepentidos se vale Dios. Pero no deje a un lado todo el disfrute producido por las vacaciones. El cuerpo bien atendido, relajado y satisfecho enfrenta mejor los retos que vienen luego. Eso al final vale la pena.
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