¿Qué debe sentir una madre para poderle pegar de esa forma a su hijo, hasta llegar a cortarle la existencia? Una de las características más perturbadoras de su sintomatología es que para poder hacerle daño, esta mujer nunca estableció un vínculo de apego. Ella, como todas las mujeres jóvenes, soñó que su hombre se iba a casar porque tenía ya algo de él en las entrañas. En el mismo momento del embarazo le debió surgir, desde el paleocórtex, el instinto de apego al hijo, antes incluso de que ella supiera que venía en camino. Luego, en el parto, cuando debería llegar el momento clave para sellar el apego, cuando se establece entre la madre y el hijo el mayor lazo afectivo que existe en la humanidad, no pudo identificar a ese hijo como suyo, siempre lo creyó extraño. Por eso cuando lo golpeaba no experimentó remordimiento, pues no lo sentía como propio. Tal vez encontraba en él algunas características de las personas que odiaba, de gentes que en su pasado la habían dañado o rechazado, y cuando castigaba al niño, en realidad estaba tratando de lastimar a aquellas gentes que le hicieron daño a ella. Pero se vengó en un inocente, en alguien que no tenía ninguna culpa y que nunca entendió el por qué del castigo.
Y no por eso Miguel Ángel dejó de querer a su madre. En el síndrome del niño maltratado vemos que se genera en los pequeños un miedo intenso de ser separado de quien lo golpea, y como este miedo es más profundo si quien lo maltrata es la madre, se ata a ella como pidiéndole que lo perdone por algo que cree haber hecho y que no sabe bien qué es. Como pidiéndole que lo perdone por haber nacido o por quererla. Y eso hacía que la tratara de acariciar, lo que ella seguramente confundía con algún tipo de tocamiento que la perturbaba, que según ella no correspondían a su edad, pero que no tendría otra intención que la de agradarla, confundiendo las caricias de su hijo con los manoseos que tal vez experimentó en su infancia. La mujer que tocaba de manera indebida a su hijo, golpeándolo, lo acusaba de tocarla de manera indebida, porque la acariciaba. Y eso la llenó de tanta rabia, que lo mató a golpes.
Pareciera que es fácil lastimar a un niño hasta la muerte. Creyó esta mujer que el niño era de su propiedad, y pensó que, por toda la rabia que sentía en su interior, si tomaba su vida y nadie la veía, el daño iba a quedar impune. Pero en nuestra sociedad los niños no están solos, porque hay un aparato institucional que no va a permitir que el delito quede impune, y es que cuando se daña a esa parte tan importante de nuestra sociedad, a los niños que son el futuro y la esperanza de que las cosas cambien y se vuelvan justas, es necesario que se aplique todo el peso de la ley para evitar en lo posible que estas desgracias se repitan. Le tocarán 25 años de prisión y cuando salga ya no podrá volver a ser madre. Ya no tendrá la edad necesaria y quedará vacía, por dentro y por fuera. Será el castigo mayor que la vida le imponga por haber tomado una vida que no era suya. Una desgracia más en un tiempo en donde las desgracias nos rodean.
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