El PANAL (Partido Nueva Alianza) que inventó Elba Esther Gordillo Morales para manifestar su repudio al PRI que la expulsó de sus filas ante la evidente duplicidad partidista de la poderosa maestra, “la novia de Chucky” por su comportamiento siempre tenebroso, se deslindó de su precaria alianza con el PRI acaso como una pequeña venganza por la salida del profesor Humberto Moreira, a trompicones, de la presidencia del partido que sigue a la vanguardia –pero ya no tanto- en las encuestas con rumbo a las elecciones federales de este año.
Con ello, vuelve a evidenciare la fragilidad del PRI y de su candidato, Enrique Peña Nieto, quien parece incapaz de sortear la marea de los chantajes y de lograr acuerdos sólidos que le permitan sumar, jamás restar, en la ruta hacia la Presidencia. Quien va soltando equipaje durante un viaje corre el riesgo de llegar a su destino sin nada en las manos. Y eso parece que le está ocurriendo a Peña en esta fase comprometida de una precampaña en solitario, lapso en el que está apareciendo u verdadero temple ante los amagos de quienes buscan historias –como las de Maudé Versini, la ex mujer de Arturo Montiel-, para quebrarle el cuello y exhibirlo como un entenado de las mafias dominantes.

Tal vez a Peña no le convenga, y me importa bien poco, que subraye su postura respecto a las viejas mafias tal y como lo expresó en ocasión de nuestro primer encuentro como parte de las tareas de campo para mi obra “2012: La Sucesión” –que, por cierto, atinó en sus distintos pronósticos-. Le pregunté si se dejaría manejar por los ex presidentes deseosos de saltar a la palestra y respondió:

--Yo tengo una buena relación con todos los ex presidentes, incluyendo a Vicente Fox quien no es miembro de mi partido. En su momento, sabremos actuar.

Tanto como decir: ahora requiero los apoyos pero mañana ejerceré el poder... a la vieja usanza presidencialista, esto es sin dependencias fatales ni compromisos indivisibles. Cuando menos así lo entendí en un entorno marcado por la seriedad del personaje de la vereda en el cabello, toque juvenil indispensable para aparentar frescura, y su propósito de parecer conocedor aun de temas que desconocía. Pero alguna trampa le puse y cuando hablé de la posibilidad de que el ex rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente –uno de los personajes más indefinidos del sector público y académico, como se divulgaba entonces, volteó hacia los miembros de su equipo de colaboradores que nos acompañaban –en la segunda entrevista-, específicamente a Roberto Padilla, en aquel momento jefe del gabinete técnico del gobernador mexiquense, alzando las cejas, sorprendido por tal posibilidad:

--¿De la Fuente es mexiquense? –preguntó, ante mi sorpresa-.

--No, pero, al parecer, cumple el requisito de la residencia, respondió Padilla un tanto inseguro.

El diálogo, insisto, no parecía corresponder a quien marchaba y marcha a la cabeza de los postulantes presidenciales, sino a un estudiante de Ciencias Políticas ávido de información para un examen de grado. Y tal me dejó una sensación de incertidumbre sobre el verdadero perfil y sus alcances del personaje a quien se liga con historias turbulentas que podrían salir a la luz en los próximos días, incluyendo la explicación sobre su cercanía con la familia Zedillo desde que el jefe d la misma fungía como “primer mandatario”. Peña, sin duda, sabe de lo que estamos hablando.

De una manera u otra, seductor en campaña permanente con cargo al erario mexiquense, Peña supo acercarse a la maestra Gordillo –acaso para que entre los dos hicieran de nuevo la primaria-, y un curso intensivo sobre literatura mexicana contemporánea, y conquistarla para su causa o, cuando menos, colocarse en un punto tal en el que no fuera motivo de bombardeos por parte del poderoso gremio magisterial, de los “duros” ligados a la célebre chiapaneca cuya historia es síntesis extraordinaria de una mexicana capaz de todo con tal de obtener y conservar poder, tanto o más que cada presidente en ejercicio. Al fin y al cabo, han sido ellos quienes la han llamado siempre y han optado por mantenerla cerca, muy cerca.

La maestra se sintió traicionada por Calderón cuando no le cumplió el propósito de adueñarse de la Secretaría de Educación para cerrar con ello las pinzas y ser parte del gobierno como eje de las “vindicaciones” sindicales o, más bien, de los miembros de su extenso grupo. Dicen quienes la conocen de cerca –este columnista sólo habló con ella por espacio de más de dos horas-, que es leal con los suyos como fiera herida cuando se siente traicionada. Y, sin embargo, perdona. Algunos que ya se habían separado de ella han vuelto al redil en condiciones poco conocidas. Otros, en cambio, van perdiendo la confianza y la simpatía de ella, la mujer más poderosa del país con todo y Marta Sahagún y Josefina Vázquez Mota, en sus respectivas épocas.

De hecho, el pulso que sostuvo con la señora Vázquez Mota, en vías de superar la misoginia tradicional panista –o la “mezquindad” entre sus correligionarios como Josefina la calificó ante mí-, determinó un tremendo enfriamiento en sus relaciones con la Primera Magistratura, aunque su yerno, Fernando González, permaneciera en la subsecretaría. Por ello se marchó la señora Vázquez Mota sin ceder ante la maestra Gordillo aun cuando intentó conciliar las posturas. Para Elba Esther sería terrible que Josefina Vázquez Mota fuera la candidata del partido en el poder a la Presidencia. Y éste es también un factor que pesa mucho cuando algunos militantes han sostenido la trascendencia “determinante” que tuvo “la maestra” en el proceso interno del PAN hace seis años. Ahora, al parecer, no pudo meter las manos porque su amigo, Humberto Moreira, llegó a la Presidencia de este partido para luego ser vapuleado hasta quedar convertido en una suerte de cadáver político en cuestión de nueve terribles meses.

La señora Gordillo, entusiasmada porque Moreira –uno de los suyos, se cansaba de proclamar-, asumía un rol de la mayor importancia en el PRI –y señalado como seguro miembro del gabinete de Peña de ganar éste las elecciones-, no tuvo empacho en declararme, abiertamente:

--Eso sí: jamás regresaré al PRI. De allí me corrieron de muy mala manera y no voy a olvidarlo.

Pero tal no significaba que el PANAL se uniera a la causa peñista... por unas cuantas semanas.


Mirador


Cuando le pregunté a Elba Esther Gordillo qué haría si los candidatos del PRI, PAN y PRD, fueran Enrique Peña, Alonso Lujambio y Marcelo Ebrard, respectivamente, semanas antes de la publicación de “Nuestro Inframundo” –Jus, 2011-, cuando aún no se determinaban los postulantes y todos los nombrados parecían tener grandes posibilidades, me respondió:
--Los metería a todos en una licuadora y me tomaría el jugo.

Es sabido por sus allegados que la maestra ha tenido, políticamente hablando, tres grandes debilidades: Manuel Camacho Solís, quien durante el salinato la apoyó para apoderarse del SNTE, Jorge Castañeda Gutman, a quien incluso rentó uno de sus apartamentos, en Galileo 7, para que en él viviera su tórrido romance con Adela Micha, y Marcelo Ebrard Casaubón, a quien considera el joven más brillante de la nueva generación.

Además tenía una gran simpatía por Lujambio, quien cinco veces se negó a darme su opinión sobre la señora Gordillo cuando aún disfrutaba de salud plena, y sus acercamientos con Peña se hicieron frecuentes en cuanto sopesó que el PAN no tenía futuro y la izquierda, dividida, se encaminaba a la bancarrota.

De allí la trascendencia de la separación del PANAL respecto al PRI: Sencillamente porque su olfato le indica que este partido, el otrora invencible, pudiera quedarse a la zaga y perder los comicios de julio venidero aun cuando las encuestas siguen marcándole como favorito. Pero esta señal es bastante más que una advertencia.


Por las Alcobas


No me he cansado de interrogar a los allegados a Elba Esther de dónde le viene la fuente de su poder real. Los más me han contestado:

--Por el dinero que maneja discrecionalmente; todos tienen metida la mano en su bolsa.

Algunos más le conceden un don especial, precisamente su sensibilidad para adelantarse a los acontecimientos y no errar en sus apuestas. Pese a ello, no son pocos los estados de la República en los que ella perdió con sus “gallos” y con toda la parafernalia gremial y partidista a su servicio. No es invencible –como no lo es el Barsa engreído de los catalanes antitaurinos-, y, como todos los seres humanos, tiene límites; sólo es cuestión de descubrirlos y analizarlos. Abundaremos.


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