Ordena el 8vo mandamiento “No mentirás”. Pero desde la primera mentira contada por Adán y Eva en el Paraíso (¿o por Eva a Adán? No importa, la serpiente fue primero), los seres humanos no hemos dejado de mentir. Se ha demostrado científicamente que nos desenvolvemos entre engaños y trampas. Estudios recientes hechos por Gerald Jellison, de la Universidad de California en Los Ángeles, demuestran que en una conversación normal decimos por lo menos una mentira (pequeña o grande) una vez cada ocho minutos. ¿Qué nos impulsa al comportamiento de mentir? La tesis de Jellison es que se trata de una constante búsqueda de disculpas por conductas que los demás podrían considerar inadecuadas y concluye que las profesiones con más contactos sociales tienen más la necesidad de mentir (como los políticos, los periodistas, los vendedores, los profesores, los abogados, los psicólogos).
Muchos antropólogos opinan que la mentira representa un componente esencial de nuestra inteligencia social, pues fomenta la convivencia pacífica más que la verdad directa. También hay diferencias de género. Robert Feldmann, de la Universidad de Massachusetts, encontró que, cuando se conversa con una persona desconocida, los hombres mienten mayormente para dar la mejor imagen posible de sí mismos, en tanto que las mujeres lo hacen para elevar la sensación de bienestar de su interlocutor.
Una mentira es un acto de distorsión de la realidad para que se ajuste a nuestros deseos. Es la manera como podemos percibir la realidad de una manera distinta. La diferencia entre la fantasía y la mentira es la intención. Mientras que la fantasía realiza el deseo de una manera fácil y económica, la mentira trata de forzar a la realidad a que se ajuste a nuestros deseos, obligando a las demás personas a creerlo. Es algo así como que si los demás creen lo que digo, entonces es que existe. Entre más personas me crean, mas estoy seguro que es cierto, y es cuando el mentiroso se cree sus propias mentiras.
Pero hay mentiras que se dicen con toda la intención de obtener provecho del engaño. El que miente no dice lo que él quisiera creer, busca decir lo que la otra persona quiere oír. Las estafas más fáciles se hacen con las personas con mayores necesidades, ya sea económicas, afectivas o de reconocimiento social. La mentira de las sandalias reductoras es peligrosa, porque esperando la reducción mágica del peso se descuida la dieta adecuada. ¿Qué podemos hacer para evitar el daño social y personal que deja la mentira? Lo primero, y más importante, es enseñar a nuestros hijos a identificar las mentiras. Las mentiras de los demás y las propias. Y debemos enseñarles a no tolerarlas. Si para ganarle a mi pareja yo miento y mis hijos me observan, les estoy dando una lección que difícilmente olvidarán.
No todas las mentiras son despreciadas por la sociedad. Existe un tipo de mentira que es muy usual y aceptada: la excusa. Todos usamos excusas en algún momento del día y para justificar un sinfín de cosas, y a pesar de que su uso nos permite no asumir nuestras responsabilidades, actúa como un elemento que nos quita la angustia de manera inmediata, aunque provisional.
Mentir es un acto humano y con muchas facetas, pero si hemos de escoger entre mentir y hacernos responsables de nosotros mismos, la decisión es clara. En cuanto a los engaños con intenciones delictuosas, como el asegurar que esos productos maravillosos nos hacen adelgazar sin esforzarnos, no pueden ser tolerados, porque si lo fueran, la sociedad sufriría serias consecuencias destructoras.
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