Seguramente usted se divirtió bastante anoche, porque brindando dejó atrás el año anterior, un año que ya estaba viejo y gastado, y recibió uno nuevecito, recién desempacado de… ¿de dónde? ¿Se ha preguntado por qué en el día 31 de diciembre se termina un año y el 1 de enero inicia otro? ¿Existirá una razón biológica, astronómica o por lo menos astrológica? Nada de eso.

Fue el Papa Gregorio XIII quien, como sacro capricho y con fines marcadamente políticos, lo señaló como inicio de año para todos los países católicos, al inaugurar ese día su nuevo calendario, el gregoriano que actualmente nos rige, en sustitución del juliano. Pero no crea que este día empieza un nuevo año para todo el mundo. Los chinos, que es nada menos que el 22% de la población del mundo, lo festejan con la segunda luna nueva tras el solsticio de invierno boreal, entre enero y febrero. Y los coreanos, japoneses y vietnamitas se les unen en la celebración. En el mundo islámico, que está constituido por 44 países donde la población musulmana es mayoría, el año nuevo se celebra en el mes de Muharram, que éste 26 de noviembre de 2011 conmemoró el año 1433 de la Hégira. Es decir, celebrar el año nuevo el 1 de enero es una convención occidental y católica (porque los cristianos ortodoxos, que también son muchos, inician su año nuevo litúrgico en septiembre).

Si realmente quisiéramos empezar un año nuevo con algún criterio racional, lo iniciaríamos con el año astronómico o natural, establecido en el ciclo de las estaciones, basado en el equinoccio de primavera, en el hemisferio norte y de otoño, en el sur, esto es, entre el 20 y el 21 de marzo, cuando el sol toca el punto vernal y la rueda de las estaciones recomienza su vuelta. Y curiosamente, muchas antiguas culturas celebraban su año nuevo ese día, haciendo actos festivos para pedir un nuevo ciclo de cosechas abundantes. La fiesta de año nuevo más antigua registrada se celebró en Babilonia, pero para ellos los festejos duraban sólo once días (para nosotros, usted sabe, van de Guadalupe a Reyes). Muchos pueblos de la antigüedad celebraban el equinoccio de primavera, pero los emperadores Romanos, a pesar de que en su antiguo calendario el año empezaba el 25 de marzo, alteraban la longitud de los meses para ampliar el tiempo de su mandato, con la consiguiente confusión de las fechas. Para guardar orden, el Senado Romano declaró el 1 de enero como primer día del año. Con la conversión de Roma se cristianizaron las fechas y ese día se estableció como el de la circuncisión del Señor, prohibiéndose las celebraciones del año nuevo en marzo, considerándolas paganas.

Pero en el inconsciente colectivo quedó viva la necesidad de la celebración del nacimiento de la fertilidad, de la nueva vida y el nuevo ciclo que rejuvenece todo en la naturaleza. Esta ocasión es, sin duda, motivo de alegría y por ello la fiesta, el canto, el baile y el vino tienen constante presencia en la celebración. Es un día ritual, que permite mediante algunos actos mágicos, vislumbrar lo que nos trae el futuro en ese nuevo ciclo anual. Y como también representa un umbral del tiempo, una puerta que se abre, se nos está permitido formular deseos, con la certeza de que se cumplirán si efectuamos los rituales adecuados.

Y respecto a las cosas sobrenaturales, el antropólogo inglés, J. G. Frazer, que escribió “La Rama Dorada”, nos diría que si ponemos en práctica la magia homeopática para que lo semejante produzca lo semejante y queremos que el año que llega nos traiga un viaje alrededor del mundo, para conseguirlo deberemos pasear una maleta alrededor de la cuadra de la casa. O bien pondremos en acción la magia contaminante, que hace que las cosas que una vez estuvieron juntas, al separarse lo que se haga a una cosa lo sufrirá también la otra y nos pondremos una prenda regalada por el amor que no está, haciendo que tal prenda le llene de nuestro propio deseo. Si es íntima y roja, mucho mejor. Y todo porque hemos convertido esa noche intrascendente en mágica.

También en la noche de año nuevo se formularon los deseos de aquello que por la fuerza de la realidad no pueden lograrse, o no se contemplan como factibles. Y tal vez uno de los deseos que más se repitieron fue el de la paz, que pareciera no va a llegar este año por mucho que el colectivo social la desee intensamente. Pero lo bailado ¿Quién nos lo quita?
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