La arquitectura es una disciplina extraña en el sentido de ser al mismo tiempo fruto de un cálculo riguroso, propuesta estética y técnica, discurso público y espacio de interacción humana.
No por nada, Le Corbusier definió certeramente los espacios dispuestos a ser habitados como “la máquina de vivir”.
Espacio y forma
Esto a cuento por que actualmente se exhibe en la Galería de la Escuela de Artes Plásticas “Rubén Herrera” la exposición fotográfica “Estructuras Arquitectónicas”, obra de Eduardo Santos Perales, Doctor en Diseño por la Universidad de Barcelona y catedrático de la misma disciplina en la UA de C. La muestra recoge parte del recorrido visual por el paisaje arquitectónico de la región de Cataluña y la ciudad de Valencia, donde se agradece una nueva mirada a sitios emblemáticos como la Iglesia del Sagrado Corazón, la Sagrada Familia, el Parque Guell, y todo el legado gaudiano desde una perspectiva diferente, lejos del habitual pintoresquismo. Y si se ha hablado de la Arquitectura como una correcta conjunción de los volúmenes y la luz y los espacios, estas visiones se tornan ventanas para hablar del contexto urbano en un sentido estético y funcional.
Mirar sin ver
El también investigador en diseño afirma en la presentación de su muestra que estamos a acostumbrados a mirar sin observar, a vivir sin realmente “estar”, habitantes de entornos alienados, presos de la prisa, la rutina o la percepción viciada, vueltos de pronto incapaces para valorar la riqueza de nuestro entorno.
La serie de imágenes, vueltas junto a la música y su propuesta museográfica una experiencia sensorial, ofrece un recorrido por lo más representativo de urbes como Barcelona, espacio donde convive lo mismo el legado multiforme de Gaudí junto a los geométricos espacios de la arquitectura contemporánea, miradas sobre detalles y formas como claves escondidas en cada rincón del mundo.
Civilización y barbarie
Fue el antropólogo francés Mar Augé quien definió los “No lugares” como espacios donde ocurre la “transitoriedad”. Puntos geográficos sin la importancia para ser llamados “lugares”: autopistas, habitaciones de hotel. Supermercados. Salas de aeropuerto. Sobra decir que nuestra vida se ha llenado de “No lugares”.
Los espacios públicos van perdiendo significado. Los barrios son arrasados. Se impone la noción de ganancia o de plusvalía sobre las ideas de planificación, funcionalidad o belleza. Las ciudades son planeadas más para los autos que para las personas. Se alienta la reclusión, la competencia, el hacinamiento, la soledad.
Hemos aprendido a vivir y a ver la civilización como un legado de la hostilidad, un espacio de lo
inhabitable.
Lamentando como Walter Benjamín que “No existe un solo documento sobre la civilización que no sea al mismo tiempo un documento sobre la barbarie”.
Sí lugares
Hemos expulsado o vuelto invisible a la belleza en la noción de ciudad. Los espacios, las texturas. Raramente conjuntamos de manera equilibrada lo artificial con lo natural, lo natural con lo cultural. Se nos olvida que todo cabe en el espacio que se presume como cúlmen del desarrollo. Tendrían que caber, como en las visiones de Eduardo Santos, acero y granito, mosaicos y vidrio de espejo. Superficies metálicas reflejando el cielo. Gigantescas manos de ángeles posando su sombra sobre los transeúntes. Texturas de agua viva y volúmenes de grávida piedra. Parques y senderos para caminar o perderse. Gradaciones de cielo enmarcadas por edificios como huellas del legado y el desarrollo humano. Ciudades para disfrutarse. Espacios para ser
vividos.
Bardo de las bardas
“La arquitectura es la voluntad de la época traducida a espacio”.
Mies Van der Rohe
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