Desde junio de 1990, cuando por primera vez asistió el suicidio de Janet Atkins, una maestra de Oregón con mal de Alzheimer, hasta marzo de 1999, cuando fue condenado por homicidio en segundo grado, porque la CBS difundió un video en donde Kevorkian administraba sus sustancias letales a un paciente que sufría de esclerosis lateral amiotrófica, o enfermedad Lou Gehrig, asistió a gran cantidad de personas a poner fin a sus vidas, desafiando al pensamiento conservador de su tiempo sobre los tabúes sociales acerca de la enfermedad y el morir y recibiendo, por ello, el apodo de “Doctor Muerte”.
“Si podemos ayudar a las personas a venir al mundo, ¿porqué no podemos ayudarlas a dejar el mundo?”, dijo en una entrevista con Reuters en junio del 2010. También dijo que temía la muerte tanto como cualquier persona y que el mundo tenía una actitud hipócrita hacia la eutanasia voluntaria o suicidio asistido.
La muerte de Kevorkian me hizo recordar, por contraste, a Juana Barraza Samperio, a quien tal vez usted no recuerda por el nombre, pero sí por el apodo de “La Mataviejitas”, quien en el año de 2006 fue acusada, en la ciudad de México, de la muerte de por lo menos cuatro ancianas. Sin embargo sus huellas coincidieron con las encontradas en las casas de 10 occisas, crímenes que además ella no negó. Esta mujer, que en ese momento tenía 48 años de edad, se dedicaba a la limpieza de hogares, era vendedora de palomitas en las funciones de lucha libre y en ocasiones también luchaba. Pero su actividad más lucrativa era la de asesinar ancianas y se le atribuyen 48 homicidios desde 1998. Fue arrestada gracias a que un vecino de su última víctima llamó con oportunidad a la policía. Al inicio de su arresto, se mostró ruda e indiferente al aceptar su responsabilidad. Traía un estetoscopio en el cuello, porque se hacía pasar como promotora de salud y llevaba también un listado de personas que estaba visitando. Al efectuarse el cateo de la casa, se encontraron varias fotografías que comprobaban que la mujer fue luchadora, así como tres altares, uno de ellos dedicado a la Santa Muerte, una bata blanca con el logotipo del Seguro Social, zapatos y medias del mismo color e identificaciones de algunas de las víctimas.
¿Cuál es la diferencia entre ayudar a un paciente terminal a acabar con su dolorosa e inútil agonía o llevar a la muerte a una anciana? Si ambos llevaron a la muerte a tantas personas ¿Tendrían iguales motivaciones? ¿Padecerían los mismos trastornos? Y la respuesta parece ser que no. Mientras que el “Doctor Muerte” luchaba por un final digno para la vida del sufriente, sublimando sus instintos y solidarizándose con su paciente, “La Mataviejitas” presentaba un trastorno antisocial de la personalidad, caracterizado por un profundo conflicto contra la autoridad, en este caso contra la madre. Tanto, que los rasgos físicos de la asesina eran masculinos. Manifestaba un pobre control de impulsos y obsesividad ritualista (que le obligó a ofrendar una víctima por cada año de vida). Tuvo una infancia llena de maltratos físicos y abandono afectivo y aunque era consciente de las consecuencias de sus actos presentaba una absoluta falta de remordimientos. Todo lo contrario a Kevorkian, que vivía en carne propia el dolor de cada deceso y que con su propio sacrificio de años de cárcel, ayudó a que el pensamiento conservador de su país viera con otros ojos el derecho inalienable a la propia muerte.
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