¡Todos sabemos que algún día vamos a morir! Pero lo sabemos de una manera intelectual, “jamás” como una certeza del corazón; quizá, sólo el suicida pueda “sentir” realmente que puede morir.

Nada hay que se oponga más a la vida que la muerte, aun y cuando al nacer ya llevemos el sello de nuestra inevitable muerte. Todo ser vivo, tanto en el hombre como en los animales y las plantas, goza de un poderoso instinto que lo empuja a preservar su ser, a conservarlo vivo y seguir existiendo.

“El instinto es una gran cosa; yo era tímido por instinto”, escribió Shakespeare en su obra, Enrique IX.

El poderoso instinto de permanecer vivos nos impide que verdaderamente tengamos la profunda convicción del corazón, de que vamos a morir. Ésta vaga y difusa idea de que un día moriremos nos conduce a la locura de pensar que nuestras cosas, bienes y riquezas las conservaremos. Seres queridos, objetos muy apreciados por nosotros, todo esto, perecerá un día.

Pero si alguien nos advierte que nuestros bienes no los tenemos seguros, nos enojamos y vemos la advertencia como un mal presagio o como un deseo envidioso de quien nos advierte de lo caduco y perecedero de nuestras cosas.

Por lo general, descuidamos lo que tenemos en más alta estima: nuestros seres queridos, el cuidado de sí, y nuestra buena fama. Y es que el problema radica en la misma raíz: vemos nuestra propia muerte y nuestras cosas como algo muy lejano y de fecha incierta. Como si lo lejano y la fecha incierta, por sí solos, no tuvieran un plazo absolutamente cierto. Esto se puede ejemplificar con aquella persona que creía en la lejanía de la vejez y en la permanencia de la juventud, cuando acumulados los años amargamente dice: “Se me echaron encima los años de repente”. No, no fue de repente, sino que se le empezaron a echar encima desde que cumplió el primer año de edad.

Nadie se escapa de esta ilusión, que por ser tal, es falsa: a todos se nos echan encima los años, y no es cierto que la muerte tenga predilección por los ancianos. La muerte será causa de muchos males y lamentos, pero nunca la podremos acusar de que a toda conciencia “discrimina”. No lo hace: igual va en busca de los viejos que de los acabados de nacer. Recoge a niños y a jóvenes, a adultos y a adolescentes. Igual visita las chozas de los más humildes como las casas de los más adinerados. Sus dardos envenenados los lanza contra débiles y poderosos. No discrimina.

Lo que discrimina es nuestra ingenua mente y nuestro acobardado corazón: para nosotros, se muere el vecino, pero nosotros no. Peligran los enfermos, mas no nosotros que estamos sanos. Esta ilusión mental es idéntica a las ilusiones de los magos, que de sus sombreros nos aparecen conejos y palomas.

En la hilera en que nos formamos los humanos camino a nuestro fatal destino, la muerte, de pronto un niño quita de la fila a un anciano y se le adelanta a la tumba, así como un atleta sano aparta de la fila a un grave enfermo que tendrá que esperar un nuevo turno para morir.

Los propios animales temen la muerte; algunos se entristecen profundamente cuando saben que van a morir. Sabemos de animales como los elefantes, que cuando muere uno de sus compañeros tratan de revivirlo, y cuando les llega la certeza de que no es posible, se entristecen profundamente y permanecen un tiempo en luto.

Todo lo que sale a la vida lleva larvado la muerte. A las más hermosas flores, a los animales más longevos, a los árboles más fuertes como las secoyas, que viven más de 2 mil o 3 mil años, a todos estos seres vivos, los acompaña día y noche la amenaza de una muerte cierta. Seremos apartados de la vida contra nuestra voluntad, y no habrá inteligencia, engaños, poder o dinero alguno, que pueda engañar o sobornar a la muerte.

Se nos arrebatará lo que más queremos y sin previo aviso. Por todo esto, el fundamento más firme para vivir una buena vida es tener una conciencia clara y una certeza emocional de que un día moriremos. El hecho es tan incontrastable, que todos los habitantes del planeta Tierra que estamos vivos en este instante, desde el más anciano hasta el niño que hace menos de un segundo acaba de nacer, todos, a largo plazo, estaremos muertos; y el planeta Tierra, después de ese largo plazo, estará habitado por otros miles de millones de seres humanos vivos, que también, a largo plazo, morirán.

Lo sabio y saludable es estar orientados a la vida, dar vida con todos nuestros actos, y embellecer nuestra existencia y la de los demás, y para hacerlo plenamente, debemos iluminar día a día nuestra conciencia, a fin de sentir desde las profundidades del corazón que tenemos un tiempo limitado para ello. ¡Aprovechémoslo!

La imaginación de Shakespeare no tiene límites. En su obra “Los dos nobles parientes”, su personaje, Reina Primera, dice: “Los cielos dispusieron mil caminos divergentes para un fin seguro”. Y otro personaje, Reina Tercera, expresa: “Este mundo es una ciudad llena de calles que se bifurcan, y la muerte es el mercado donde todas convergen”.

Un refrán universal dice: “Todos los caminos conducen a Roma”. Pues más cierto aun, es que todos los caminos convergen al mercado de la muerte, como lo expresó el dramaturgo inglés.

Hay un personaje en “Hamlet”, seguramente la obra suprema de Shakespeare, pasaje en que el personaje Hamlet exclama: “Ser o no ser; esta es la cuestión: si es más noble que el ánimo sufra los golpes y flechas de la atroz fortuna o que alce armas contra un mar de cuitas, y, oponiéndose a ellas, las acabe. Morir, dormir; nada más, y durmiendo decir que acabamos el dolor del corazón y los mil azotes naturales que la carne hereda…”.

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