Porque estamos en guerra pierden los padres a sus hijos y los hijos a sus padres. Pierden las esposas a sus maridos y los maridos, al perder a sus esposas, pierden a la familia y a su centro de equilibrio. Porque estamos en guerra perdemos la seguridad de que las personas que amamos vuelvan a casa, sanas y salvas. Entramos a esta guerra sin estar preparados para ello y sin saber todo lo que íbamos a perder. Si hubiéramos sido conscientes, si hubiéramos tenido una idea aproximada, tal vez la hubiéramos parado a tiempo.

Estamos mal preparados para la muerte de seres humanos a los que no aquejan ninguna enfermedad. Cuando la separación es por algún padecimiento, podemos prepararnos para digerir la muerte de las personas. Pero cuando es de improviso, si mueren en buen estado de salud y con muchas posibilidades de realización, no podemos asimilar adecuadamente el suceso. Y ahí empieza el trabajo de duelo.

Muchas personas han estado entrando de manera brusca en situación de duelo. No pidieron el dolor, les llegó por sorpresa. El duelo es una reacción normal a la pérdida de un ser amado que hace que abandonemos todas esas conductas que construimos durante mucho tiempo, que integraban lo que llamamos la vida cotidiana.

Es un estado de ánimo profundamente doloroso, con la impresión de que se pierde el interés por todo cuanto pasa alrededor, excepto por los recuerdos de la persona fallecida, con la sensación de que ya no será posible amar a nadie o que no se podrá substituir el afecto que se puso en la persona que ya no está y que sin ella nada más tiene importancia.

Pero, a pesar de que el doliente se resiste a aceptar el hecho de que no se volverá a ver a la persona amada y el mundo aparece desierto y empobrecido ante sus ojos, internamente sabe que la realidad obtendrá la victoria y que poco a poco, con el tiempo, el dolor irá pasando y se recuperará el estado de ánimo anterior a la separación.

Pero nadie acepta con gusto abandonar un sentimiento de amor si no está preparado para ello y esta resistencia logra ser tan intensa que puede llegar a surgir la decisión de apartarse de la realidad y tratar de conservar no el recuerdo sino su presencia real, surgiendo rasgos alucinatorios que pueden retrasar en meses, o en años incluso, la aceptación del hecho trágico de la separación, convirtiéndose en un proceso de duelo patológico, que desemboca en la idea de que el sufriente pudo haberlo evitado o de que es culpable de algún modo por esa muerte.

En ese estado es muy fácil que la persona se llene de sentimientos de culpa, que sienta la desvalorización del amor propio.

Esto se traduce en reproches y acusaciones de que la persona se hace a sí mismo y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. Piensa que ya no tiene derecho de querer a nadie, y además que debía haber hecho algo, aun cuando no sabe muy bien qué, para evitar esa muerte, y constantemente lo está recordando, hasta el punto en que pierde la concentración en el trabajo y el sueño por las noches. En el duelo el mundo aparece desierto y empobrecido ante los ojos del sufriente.

Pero el llanto, el recuerdo claro de la persona viva, la conversación constante de anécdotas vividas junto a ella y la aceptación del hecho innegable de su muerte, prepara al doliente para abandonar su ligamen, su dependencia hacia el objeto desaparecido.

No puede ser un proceso momentáneo, sino lento y progresivo, ofreciendo a cambio y como premio, la esperanza de mantener la vida del que se fue en los recuerdos del que se queda y en las obras que lo llenarían de orgullo.

Poco a poco va a ir recuperándose, con la condición de que no quiera olvidar, de que no deje de llorar, de que no trate de forzarse a volver a una realidad que aún no asimila. El dolor de la asimilación de la muerte tiene un proceso que no vale la pena tratar de acelerar. Si no violentamos el proceso saldremos fortalecidos de esa experiencia, tan dolorosa que sólo la desearíamos para nuestro mejor enemigo. Éste es uno de los resultados directos de esta guerra. Esto es el duelo.
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