El arquitecto salvadoreño Rolando Déneke Sol asegura que “Maximiliano de Habsburgo no murió fusilado en Querétaro en 1867, que fue perdonado por Juárez y falleció años después en El Salvador”.

Déneke argumenta que Maximiliano, Miramón y Mejía, ya se encontraban en la capilla, listos para ser pasados por las armas, cuando el presidente Benito Juárez suspendió la ejecución por tres días.

Déneke considera que en ese lapso se llevó a cabo una negociación masónica secreta que salvó la vida del archiduque. Se sabe que el gobierno mexicano de aquella época era cercano del salvadoreño y que Juárez protegía y apoyaba a los liberales masones de aquella nación. La situación de Maximiliano en México era difícil. Sin embargo, se negó a rendirse y regresar a Europa cuando todavía estaba en posibilidad de hacerlo.

En el viejo continente le esperaban sus acreedores, listos para rematar sus bienes; la humillación de haber sido derrotado por el indio Juárez –como despectivamente se referían al presidente mexicano en las cortes europeas; y vivir para siempre con una mujer a la que nunca amó y que además estaba loca: Carlota.

Maximiliano llegó al patíbulo con el rostro cubierto con un pañuelo para que las descargas no le quemaran la barba. Sus últimas palabras fueron: “Hombre, hombre” en español.

Déneke afirma que “en ese momento supremo, cuando la vida se va, las palabras instintivamente pronunció el sujeto que va a morir deben expresarse en su lengua materna”.

En el caso del archiduque en alemán. Existen cuatro fotografías del cuerpo del austriaco. Todas son diferentes. Incluso se ha aceptado que una corresponde a la imagen del un muñeco de goma mandado a hacer ex profeso para simular el cuerpo del emperador.

En todas muestra una barba completa, separada en dos mitades, tal y como la usaba el archiduque, sin embargo, la última fotografía que se le tomó en vida, un par de meses antes de su ejecución, se ve una de las mitades de la barba recortada debido a que una granada le quemó la porción capilar izquierda de la cara. Es decir, al momento de llegar frente al pelotón tenía sólo media barba.
El cuerpo del emperador fue embalsamado dos veces.

Durante el traslado de Querétaro a México el ataúd se cayó del carromato que lo trasportaba y el cuerpo rodó por las piedras y charcos. Déneke se pregunta si “¿habría intención de desfigurarlo?”. El archiduque aceptó las condiciones de Juárez para salvar la vida y a la vez no tener que enfrentar la situación que le aguardaba en Europa.

“Esta forma de actuar se apega al carácter comodino y veleidoso de Maximiliano”, asegura José Manuel Villalpando, autor del libro “Maximiliano”. Mañana, la continuación de “La otra historia de Maximiliano”.

(“Justo Armas: tras la huella de un enigma” de Rolando Déneke Sol)
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