Una de las vertientes más complejas del arte fotográfico es el registro de los gestos.

Una labor de la que no todos salen avante. Son pocos los capaces de interpretar sin imposturas las mil variantes de la expresión humana. Remitámonos al trabajo de Robert Doisneau, a la obra del maestro Pedro Meyer o más recientemente, a las series del regiomontano Juan Rodrigo Llaguno.

La vida de los otros

Una tendencia local para parecer “creativo” en la disciplina de la fotografía es “componer”: generar espacios y situaciones que sean más manejables para el autor. Generación de mundos o narrativas en las cuales el fotógrafo puede sentirse más cómodo y con un mayor control sobre las infinitas variables que inciden en el momento de oprimir el obturador.

Ya pocos se arriesgan a lo inesperado. Son contados quienes abrevan en la cambiante realidad que muta sus caras cada microsegundo.

Es curioso también que aun construyendo estos espacios donde el fotógrafo genera su discurso, sean pocos los que se atrevan a trabajar con el rostro. Quizá Germán Siller en su primer libro “A través del Postigo” o más recientemente, el notable técnico Francisco Lubbert con su serie sobre creadores. Quizá por que el hacer retratos implica no sólo manejar los rudimentos técnicos, sino algo más allá: una aguda capacidad e observación, la conformación de una “química” entre modelo y autor; y sobre todo, un profundo conocimiento de la naturaleza humana.

Hablar como un árbol

Por eso llama la atención y resulta notable que un joven fotógrafo elija para su primera exposición individual el arduo camino del retrato. En su serie de 10 fotografías “Human Trees”, expuesta actualmente en el ático de Casa Purcell, Marcelo Ascacio propone la afortunada intuición de relacionar la evidente huella de lo vivido en el rostro de hombres y mujeres con la vida secreta de los árboles.
La escritora Marlén Carrillo Ferman lo dice mejor a manera de cuento:

“Próceres anónimos que adquirieron tal rango por el hecho de sobrevivir a su pedazo de mundo, en esta ciudad amarilla”. Y echando mano de una retórica contradictoria, elegir el lenguaje científico para su descripción, (“Pinus Longaeva”, “Agathis Alba”) como si la ciencia bastara para señalar lo que es evidente a la mirada. Otro acierto de esta serie es el manejo del color y del contraste, que acentúan el poder de los gestos, otra vez Marlén Carrillo: “El registro visual de esa historia en tres tonos (azul enero, ocres post cincuentas y grises de humo de camiones y beisbol)”.

Gestas y gestos

Percibo dos cuadrantes opuestos en el arte del retrato: George Hurrell, elevando a una dimensión mítica la imaginería de Hollywood a través de su magistral manejo de los claroscuros en el control absoluto del estudio. Del otro lado, más salvaje y circunstancial, más inexacta, pero por lo mismo más real, la suicida neoyorquina Diane Arbus. La que pasó de las vacuas pasarelas de la moda, a la hostil pasarela del asfalto.
Veo muchos ecos de Arbus en el trabajo de Ascacio.

Un cierto asombro y una cierta transparencia ante la naturaleza extraña de todos nosotros. Un reflejo claro de lo que sobre las personas dicen sus gestos. Porque un buen retrato se trata de contar. Una narrativa de la luz y de la sombra. No una foto obstinada en mostrar lo bello, sino lo verdadero: árboles inconclusos, o podados de golpe. Árboles en llamas o floreciendo. Madera concéntrica sobre la que la vida balbucea sus desatinos a punta de navaja.

Bardo de las Bardas

“Un buen retrato es una biografía”.
Anatole France
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb