Working class hero
Ya otros han planteado la invisible parentela entre el acto de correr y el de escribir: la disposición hacia un esfuerzo concentrado. El planteamiento de un recorrido que no siempre es lo que parece ser, y sobre todo una fluida, escalable y llena de matices confrontación con la propia soledad.
Pero quizá nadie ha descrito mejor esta mecánica que el escritor Alan Sillitoe. Hijo socarrón del centro del Reino Unido, miembro de una estirpe de trabajadores de fundiciones y minas de carbón, infatigable lector de Hemingway y Salinger —algo que se nota mucho en la factura de sus textos— Sillitoe viajaba por el norte de España con su amante, una poeta norteamericana, cuando se puso a recordar los avatares de los vagos y delincuentes que conformaron el paisaje de su niñez para erguir la épica picaresca y voluntariosa de “La Soledad del Corredor de Fondo”.
Volar entre paredes
El breve relato, aparentemente sencillo, pero cargado de poder y múltiples lecturas, fue calcado al cine en una magistral versión en blanco y negro del cineasta Tony Richardson, en 1962. Aunque luego Sillitoe escribió novelas y libros de poesía, su identidad de escritor quedó indisolublemente unida al nombre de su relato.
Profundo y taimado conocedor de los subterráneos de la conciencia humana, supo plasmar en el breve cuento la gesta de un delincuente juvenil dentro de un reformatorio. Una rémora social cuya única virtud es su velocidad y resistencia para correr, derivada de sus cuitas como ocasional ladrón. Habilidad que le permite habituales salidas con el fin de entrenarlo para una importante carrera a campo traviesa que elevará el nombre de su condado. Un triunfo que buscarán capitalizar todos, menos él: desde las autoridades del reformatorio, hasta el pueblo que lo detesta, pasando por el cura y el alcalde.
Pero el rebelde tiene para sus habilidades y su vida otros planes.
Respiración
Más allá de las peripecias del joven amigo de lo ajeno, narradas a manera de monólogo interior, el corredor obligado va describiendo junto a los paisajes de la madrugada y el hielo, la quemadura del aire en los pulmones fatigados, los campos y el fango de los caminos, la ruta hacia su propia liberación. Un contrapunto entre las demandas sociales de la colectividad y los anhelos más esenciales de cualquier individuo.
Porque el autor usó los procesos de implícitos en la carrera, como el Dustin Hoffman de la cinta “Marathon Man”, corriendo sin zapatos y torturado bajo las luces de Nueva York, huyendo de los nazis —un claro homenaje al corredor etíope Abebe Bikila que ganara descalzo el oro en las olimpiadas de Roma—, para hablarnos de otras cosas: del largo y sinuoso camino hacia nuestra autoconciencia, del oxígeno achacoso del libre albedrío y las fabulosas posibilidades de aquel capaz de reconocerse en su tránsito y en su destino.
Bardo de las bardas
“La mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo forzarme? ¿Cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿Hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿Cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrarme profundamente en mi interior? ¿Hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella?”.
Haruki Murakami
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