¿Cómo se construye la efigie de un héroe? No cabe duda que el nacionalismo es muchas veces el territorio del oportunismo, la miopía, el derroche y el mal gusto.

Siempre me ha provocado curiosidad la fascinación de los regímenes políticos por la representación monumental: el temible rostro de José Stalin repartido a lo largo y lo ancho de la extinta Rusia. Los demenciales planes de Adolfo Hitler para la refundación de Berlín, de la mano del renombrado arquitecto Albert Speer. Incluso existen infinidad de testimonios fotográficos del líder nazi ensorbecido como un gigante entre maquetas de su sueño milenario, mientras las tropas enemigas lo cercaban por aire y por tierra. O la apropiación del estilo griego como una manera de apuntalar la “grandeza” en los edificios de las instituciones norteamericanas.

Pequeño

Hay algo de inhumano en la arquitectura monumental. Una aspiración que busca desprenderse de la escala personal para confundirse con el cielo de lo abstracto. Lo he sentido lo mismo al pie del Monumento a La Revolución, donde descansan los restos de caudillos mexicanos que en la vida fueron acérrimos enemigos, que ante las gigantescas barbas de Abraham Lincoln, o al pie del Capitolio, en La Habana. Una mole bellísima y monstruosa, como un vórtice de piedra para una ciudad moribunda. Cuenta la leyenda que el Coloso de Rodas era tan grande, que cualquier humano era incapaz de abarcar con su abrazo uno sólo de sus dedos.

Y quizá para entender la configuración de nuestra iconografía patria, habría que recordar que muchos de los artistas de la escuela del muralismo mexicano fueran hijastros del realismo socialista. Todos ellos mamaron esa iconografía grandilocuente. O nuestra imagen infantil de la patria. La inescrutable mujer de los libros de texto. El pétreo rostro de Victoria Dorantes, la amante indígena del muralista Jorge González Camarena.
Forma y contenido.

Por eso no es casual que ahora, un régimen de derecha haya optado por la efigie de un contrarrevolucionario como figura central en los festejos del Centenario de la Revolución.
Obra del escultor Juan Carlos Canfield, la figura hecha de poliuretano y acero de más de veinte metros, protagonista del día del festejo, basó sus rasgos en la figura de un partidario del usurpador Victoriano Huerta, el general Benjamín Argumedo, a quien Francisco Villa derrotó en Torreón y en Zacatecas. Aunque luego los voceros se desdijeran, aduciendo que se trataba de un “héroe anónimo”. Lo más extraño de todo esto es que en múltiples entrevistas, el autor ha declarado que escogió las facciones del caudillo originario de Matamoros, Coahuila, por la fuerza de su rostro y sus “bigotes súper revolucionarios” (sic).

Ni-ni

En las redes sociales dijeron que se parecía a Malverde, a Stalin y a Jeremías Springfield, el personaje de la serie los Simpson. El periodista Ricardo Rocha afirmó que se trataba de un “ni-ni”. Sin embargo, detrás del evidente despropósito en una obra de millones de pesos, no creo que haya pizca de inocencia. No hay que olvidar los orígenes del partido en el poder. El sinarquismo surgido como una reacción al régimen cardenista. ¿Cómo iba a festejar un partido de esta naturaleza un movimiento que precisamente venía a demoler las instituciones de su tiempo?

En el mundo de la comunicación visual decimos siempre que “forma no antecede a contenido”. Y esta vez, por omisión o por intención, parece que lo que importó más en dicho festejo fue la forma.

Para tener una idea del tamaño de la afrenta, extrapolemos el caso a los EU: imaginen un desfile en la Quinta Avenida, de esos que organizan las grandes tiendas departamentales, rebosantes de patriotismo y bastoneras, donde aparecieran de pronto gigantescos globos con la figura de Hitler, Osama Bin Laden o Mohamar Kadafi.
Será que la vacuidad es un símbolo de nuestro tiempo, o que así de triste es el destino de todas y cada una de las revoluciones: empezar como entelequias (un fantasma recorre el mundo) y terminar como momias y discurso de mausoleos, o lo que es peor, escenografías vacías de cualquier contenido.

Bardo de las bardas

“Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos por hacer lo posible imposible”.
Bertrand Russell
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb