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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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21 Octubre 2013 04:06:04
La traición a Calderón
Cuando se reveló el espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) en México y Brasil, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto optó por una estrategia distinta a la que siguió la presidenta Dilma Rouseff. La cancillería brasileña protestó de manera enérgica y pública, mientras la mexicana fue por una de bajo perfil. A medir por los resultados, la mexicana fue mucho más eficaz. Tuvieron respuesta inmediata, igualmente discreta. Se entregaron las notas diplomáticas y recibieron en Washington al jefe del CISEN. Los brasileños tuvieron que subir los gritos, hasta que un mes después, finalmente, los atendieron.

Hoy, nuevos documentos filtrados por el revelador de secretos, el ex técnico de la CIA Edward Snowden, publicados por la revista alemana “Der Spiegel” (“El Espejo”) en su edición de este domingo, obligan al Gobierno mexicano a modificar y elevar la calidad de su protesta. No basta pedir explicaciones al Gobierno de Estados Unidos y que el presidente Barack Obama ofrezca investigar para determinar si hubo o no violación de la ley, porque en este caso, dentro del marco jurídico de esa nación, no violó nada la NSA.

La ley estadounidense, respalda por el Capitolio, le permitió a Estados Unidos, -desde el gobierno de George W. Bush-, interceptar todas las comunicaciones electrónicas. En sus reclamos personales, diplomáticos mexicanos dijeron que también habían interceptado conversaciones telefónicas, para lo cual necesariamente, argumentaban, tendrían que haber penetrado las redes de telefonía mexicana. En previas revelaciones se identificó a la división de la NSA, “Tailored Access Operations” (TAO), responsable de este tipo de operaciones que espiaba a modo a cada país y a cada necesidad.

En los documentos analizados por Der Spiegel uno afirma: “TAO entró exitosamente al servidor principal en el dominio de la Presidencia Mexicana.., para ganar acceso de primera mano a la cuenta del correo electrónico del presidente Felipe Calderón”. El dominio, añadió la NSA en el informe, también era usado por los miembros del gabinete y contenían “comunicaciones diplomáticas, económicas y de liderazgo que continuaron proveyendo una visión privilegiada del sistema político mexicano y de la estabilidad interna”.

Esta operación llamada “Flatliquid”, no parece tener nada que ver con el terrorismo. En ninguna parte del documento se justifica la penetración de las comunicaciones de la Presidencia mexicana bajo el argumento de la lucha contra Al Qaeda y todas sus derivaciones terroristas, razones por las cuales se inició el espionaje global, ni se establecen cuáles son las razones de Estado para husmear en la política interna mexicana. Más aún, en el documento secreto, la NSA afirma que la oficina de Calderón se convirtió en “una fuente lucrativa” de información.

“Flatquid” es la confirmación de que es imposible confiar en el Gobierno de Estados Unidos y que la relación bilateral tiene que ser estrictamente a partir de la defensa de los intereses nacionales. El ex presidente Calderón cambió la naturaleza histórica de esa relación con niveles de colaboración inéditos, que sólo son proporcionales al nivel de penetración y espionaje inédito que hizo el gobierno con el que se casó incondicionalmente. Se puede argumentar que Washington se rió de él y que lo traicionaron.

Su gobierno le abrió completamente la puerta, permitió que sus agencias de inteligencia trabajaran activamente en territorio mexicano, que coordinaran operaciones de campo e interrogaran a detenidos antes que los ministerios públicos federales. Les entregó muchas de las llaves de la seguridad mexicana, facilitándoles la construcción de un enclave en suelo nacional. Pero aún así, como sucede con un país que sí entiende que la seguridad de su Estado y sus intereses van por encima de todo, no fue suficiente. Los documentos muestran que más allá de sus preocupaciones de seguridad, existían dudas sobre la estabilidad y el futuro de México. Más de 85 mil comunicaciones interceptadas del entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto y nueve de sus colaboradores, reveladas anteriormente, así lo ratifican.

Las dudas mexicanas sobre la legalidad del espionaje se fortalecen con las revelaciones de “Flatliquid”, operación de la cual el Gobierno mexicano no ha sido informado. Este espionaje rebasa cualquier explicación y justificación previa de Washington, y es una abierta intromisión en los asuntos internos mexicanos. Exige una nueva respuesta del Gobierno mexicano, pero no puede ser en los términos como se planteó. Como a Calderón en la praxis, a Peña Nieto lo han engañado y traicionado. No le dijeron que las entrañas de la Presidencia de México, para efectos de ver cómo se mueven y reaccionan, están siendo vistas por ellos. Y lo que él piensa, dice y manda, también.
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