La izquierda fue la primera en sorprender y de verdad lo hizo. Hace unas cuantas semanas, la mayor parte de los observadores políticos estableció que habría una clara bifurcación en cuanto Andrés Manuel López Obrador no accediera a dejar su sitio a Marcelo Ebrard, el aspirante natural por cuanto a su labor en el Distrito Federal, su visión de futuro y su escaso desgaste proselitista. Pero no fue así: Se olvidaron que Andrés Manuel, como verdadero “misionero” a decir de sus propios seguidores, recorrió hasta el último rincón de la patria y clamó, a los cuatro vientos, por su “plan alternativo de nación”. Y uno a uno, voto por voto, su sostenida campaña dio sus frutos contra la opinión de quienes observaban en Marcelo como la verdadera carta grande del perredismo y sus ahora aliados, el Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano -antes Convergencia-.
Luego siguió el PRI con la declinación del senador Manlio Fabio Beltrones, el único que insistía en darle pelea a Enrique Peña Nieto, en una ambigua declaración, entre crítica y tolerante, como una reacción a una convocatoria que le impedía sumar adeptos. Hizo bien porque la distancia entre uno y otro parecía insalvable y cuenta, como le comenté en corto hace unos días, con suficiente capital político para ejercer poder sin necesidad de portar la banda tricolor. De hecho, sería un formidable contendiente por la jefatura de Gobierno del Distrito Federal o un secretario de Gobernación con mucho mayor nivel político a quienes han ocupado el cargo -cinco ya- durante la sinuosa administración de Felipe Calderón.
De hecho, no puede haber precampaña sin comparsa y esto, francamente, rompe el molde democrático. ¿Por qué una restricción tan absurda por parte del IFE que parece destinada más bien a obligar a la confrontación interna en cada partido y no a la posibilidad de que alguien pueda aglutinar las voluntades? Fíjense: En el caso actual dos “precandidatos” han unificado a las corrientes internas de sus partidos; y sólo el gobernante PAN, ausente de líderes naturales por cierto, mantiene la carga de tres precandidaturas con pretendidos debates “fraternales” que tienden a exhibir, precisamente, las tremendas diferencias entre ellos, desde el aliado de Calderón hasta el enconado Creel tras dos sexenios de remar a contracorriente.
Sucede, una vez más, que volvemos a tropezar con la misma piedra porque en el Congreso no se legisla sobre lo fundamental, esto es la conciliación de la democracia, sino se riñe entre facciones ríspidas que sólo se calman a punto de acuerdos soterrados. El cabildeo ha sustituido al debate, sobre lo que de verdad importa, mientras la ciudadanía es obligada a observar cómo se limita la capacidad de los partidos y sus postulantes cuando es mucho más trascendente conocer a fondo programas, historias -incluso las personales-, y criterios para poder definir el sufragio sin el agobio del desconocimiento. Votar a ciegas es andar hacia el peligro sin ver, como los jamelgos de los picadores en las plazas de toros.
Lo anterior nos lleva a sopesar los costos de la unidad. Quizá por ello preguntaba para qué buscarla el senador Beltrones a la hora de salirse de la contienda por la Presidencia. En una nación tan violenta, con las mafias imponiendo condiciones por doquier, lo que menos le interesa a los mexicanos es extender la crispación de manera innecesaria. Pero igualmente es indispensable conocer, ya desde ahora, los planteamientos de cuantos pretenden llegar a Los Pinos siquiera para medir el nivel de sus conocimientos sobre la geopolítica nacional y la diversidad universal. De otra manera, en este mundo globalizado, corremos el peligro de quedar aislados y andar, lo que sería más grave aún bajo el acecho estadounidense, hacia el indeseable “estado fallido”.
Queda claro, eso sí, que la mercadotecnia empleada para situar al PAN bajo las candilejas mientras se amortigua a los aspirantes del PRI y el PRD, ha sido exitosa. Una vez más, podemos corroborar el peso de las campañas negras, siempre descalificadoras y por ende ayunas de propuestas, a la medida de los grandes operadores de importación con la misión de asegurar, otra vez a como dé lugar, el continuismo panista en el poder central. Y eso se logra gracias a la parafernalia presidencial y, sobre todo, al dinero con el que se cubren los millonarios sueldos de los mismos. ¿Se atreverá el PAN a transparentar cuánto se llevan los personajes hispanos y estadounidenses, sobre todo, que señalan los derroteros de campaña? Y lo mismo va para el PRI y el PRD aunque carezcan de la ilimitada plataforma presidencial.
Debate
Ya hemos señalado que el español Antonio Solá, experto en maniobras electoreras –al fin, ganó su siempre candidato Mariano Rajoy la presidencia del Gobierno español, al tiempo que se alejaba de Michoacán y de “La Cocoa”-, ya es mexicano por decisión omnímoda del Mandatario federal en funciones. ¿Para qué esta distinción, cabría preguntar, si no es para vadear la posibilidad de ser señalado como extranjero non grato por su labor francamente tendenciosa y sucia a favor del partido en el poder presidencial? Y desde 2006 ninguno de los partidos adversarios, pese a conocer la procedencia y mecanismos de Solá, tomó medidas para evitar la repetición de las conductas amorales. Todo un caso.
Por otra parte, en Michoacán se estrenó Xavi Domínguez, catalán de origen y para colmo antitaurino –ya es una verdadera manía insistir en el tema, ponderando a la vida, cuando se mueren cada día catorce mil niños en el mundo por hambre, algo así como un genocidio pasivo-, cuya tendencia, por lo general, había sido favorable a la izquierda. El señor Domínguez fue el operario de confianza de Luisa María Calderón aun cuando su procedencia era, más bien, la del fracasado PSOE español. Esto es: La “mina” de oro que representa para estos “expertos” en marketing nuestro país explica no sólo la creciente dependencia nacional sino la línea, esperemos que sea reversible, de la reconquista en pro de los grandes capitales españoles. Tales son las cuotas a pagar en el futuro inmediato a causa de la lacayunería con la que la clase política mexicana se asombra ante los seseos y los anglicismos
desbordados.
Por desgracia para los mexicanos, el llamado “malinchismo” sigue proyectándose con la fuerza de la historia que duele por su crueldad contra las etnias y los mestizos. Los traumas reviran, una vez más, cuando han sido ello, los españoles, los que se pusieron en jaque al no poder siquiera resolver la crisis recesiva que les cayó encima. Para ellos, curiosamente, el retorno de la derecha es como la resurrección de Franco. ¿Y el del PRI tendrá olor a porfiriato? Abundaremos, naturalmente.
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