El médico le dice a la mujer que iba a dar a luz: “Llamaré al papá de la criatura, para que esté presente en el alumbramiento”. “No creo que sea una buena idea, doctor -se preocupa la parturienta-. Él y mi marido no se llevan muy bien”... Dos sujetos veían en la playa el desfile de las bronceadas chicas cubiertas sólo por sus brevísimos bikinis. Uno de los sujetos le comenta al otro: “Son como el pavo de la Navidad. La parte blanca es la mejor”... Desconcertada, la linda chica le dijo a su galán: “¡Esto no es el anillo de compromiso que esperaba yo! ¡Es sólo un pequeño brillante!”. “Ya lo sé, mi vida -contesta el novio-. Pero lo montaré el mismo día que me dejes hacer lo mismo contigo”...

Narré hace días el pequeño cuento de la chica que, sometida a rigurosa dieta, se preocupaba porque su novio le pedía que le diera lambiditas en la oreja. (“¡A cuántos circunloquios debe uno recurrir -manifesté- para escapar a la censura de la Pía Sociedad de Sociedades Pías!”). Su nutriólogo la tranquilizó: Eso equivalía cuando mucho a 40 ó 50 calorías. (La o con acento, por favor. Soy hombre de convicciones). Pues bien. 67. Sí, 67. No 66 ni 68, entiéndaseme bien. Tampoco 5, 32, 49, 226 ó 534. 67 mensajes recibí de otros tantos lectores y lectoras que me reprocharon el uso de la palabra “lambiditas”, o al menos expresaban duda sobre su corrección, y preguntaban si no debí haber puesto “lamiditas”. Algunos de ellos recordaron otra historietilla, la de Pepito, a quien su profesora reprendió: “¿Por qué le pegaste a Juanilito?”. “Porque me lambió mi chupaleta”. “Me lamió” -lo corrige la maestra. “¡Ah no! -exclama Pepito-. Si me la mea lo mato!”. El caso es que en su diccionario la Academia admite “lambida” para definir la acción y efecto de lamer, aunque como vocablo poco usado. Sin embargo la docta corporación dice “lambiscar”, no “lamiscar”, y propone “lambucear” como equivalente de “lamer”. Vale decir que a veces se inclina por lo docto, y a veces por lo popular.

Por esto último debería inclinarse siempre, y sin hacer votaciones para el caso, ya que el lenguaje es obra de Su Majestad el pueblo, y ante él la Academia ha de inclinarse, pues su misión es la misma que la de aquella famosa brillantina para el cabello, la Glostora, que en su publicidad usaba el lema de la institución: “Limpia, fija y da esplendor”. Yo amo las palabras -de ellas vivo-, pero aunque pongo cuidado en mi escritura caigo frecuentemente en yerros que me vuelven humilde y me hacen sentir asombro antes esas sutilezas que don Adolfo Angelli llamó con nombre afortunado: “Los meandros del lenguaje”, y Rabanal dijo que son “el duende del idioma”. En la palabra “lambidita” anda uno de esos duendes, y pese a ser correcta nos desconcertó por igual a mis cuatro lectores y a mí...

El padre Arsilio leía a sus feligreses el relato en la Biblia del diluvio. Se asustó Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo: “¿40 días y 40 noches con pura agua? ¡Rápido, padrecito! ¡Pásese a lo del milagro de Canán!”...

Un comerciante le dice a su socio: “Debo darte una mala noticia. El cajero...”. “¿Qué hizo, qué hizo?” -lo interrumpe lleno de ansiedad el otro. Sombrío, el socio completa la frase: “Lo vi entrar en un motel con tu esposa”. “¡Vaya susto que me diste! -exclama con alivio el otro-. ¡Pensé que me ibas a decir que se había fugado con el dinero!”...

Un agente viajero iba por el campo, y se le descompuso su automóvil. A lo lejos vio una lucecita. Caminó hacia ella, y llegó a una granja. Llamó a la puerta de la casa, apareció el granjero, y el hombre le pidió que le permitiera pasar ahí la noche. “Está bien -aceptó el granjero-. Pero tendrá usted que dormir en la misma cama con mi hijo”. “¿Su hijo? -se sorprende el viajero-. Caramba, debo estar en el chiste equivocado”...

El gallo le ordena a la gallina: “A partir de mañana te vas a levantar a la misma hora que yo, y te pondrás de inmediato a mi disposición para lo que yo quiera mandar. Además...”. La interrumpe la gallinita. “Un momento -le dice al gallo con voz firme-. Aquí la de los huevos soy yo”... FIN.