“¡Tortura, ni arte ni cultura!” es el grito de combate de los defensores españoles de los toros de lidia, de los protectores de animales que con su movimiento reivindicador de los derechos de ese animal no se dan cuenta que, si llegaran a ganar, estarían decretando la muerte de tal raza. Pero el debate, que se hizo internacional, no se detiene en esas minucias.
El debate contra las corridas de toros tiene como base la idea del trato digno hacia los animales, válida de por sí. Pero la dignidad del animal no es en esencia la dignidad de un ser humano, por lo que no es posible otorgarles derechos que no pueden tener, por lo que debemos respondernos a la pregunta:
¿Son los animales tan humanos como los humanos animales? Esto para poder responder a la otra pregunta, la que motiva a los grupos antitaurinos: ¿Es la fiesta brava tan inmoral que deba ser prohibida?
Fernando Savater, filósofo español conocido en todo el mundo por sus ideas profundas y atrevidas, corrió el riesgo de reflexionar a fondo sobre la cuestión y escribió un libro que vale la pena leer para poder opinar con propiedad sobre el asunto. El libro se llama “Tauroética”, de ediciones Turpial, ya en su segunda edición, que en 90 páginas leídas con placer nos da una visión clara de las argumentaciones moralistas de quienes quieren prohibir una fiesta tan antigua como nuestra civilización y establece reflexiones profundas sobre las relaciones entre los humanos y los animales, que no deben quedar al margen de un debate que pareciera ser hijo más de las entrañas que del cerebro.
Presentando su libro, dice Savater que la prohibición sería “un recorte de libertad moral”. Y añade: “Los parlamentos no están para resolver cuestiones morales. Lo que hay que establecer es un marco legal dentro del cual quepan distintas posturas. Podría haberse instituido una regulación restrictiva, pero no prohibitiva. Se condena una de las morales en nombre de otra. Y eso es lo que hacen las teocracias.
Esta es una cuestión de tipo religioso; en los grupos más activos de oposición a las corridas de toros hay una especie de fervor religioso, como es el caso de los que se pintan y se ponen banderillas o van a insultar a los que van a la plaza”.
Y si acaso usted cree que los asistentes van a ver con placer sádico como matan al toro, se equivoca: se emocionan por el riesgo que corre el torero con el cual se identifican, por la posibilidad de la muerte que pasa galopando junto a él, 500 kilos de muerte en las astas y el valor de llamarlo con el capote y de pegar su cuerpo al del asesino.
Sin duda esto es arte y emociona a muchos hasta las lágrimas. El final del toro sólo es un detalle del espectáculo, no su esencia. Pero si lo que quieren los congresistas cultivadores ahora del “animalismo radical” o del “buenismo ecologista” (uno compasivo, el otro hipócrita) es regular el trato digno a los animales, harían mejor en reglamentar el manejo de los animales que sirven para elaborar la carne con la que se producen las hamburguesas u otras formas de comida rápida. En los establecimientos industrializados, los animales viven en un espacio muy reducido y son tratados como máquinas.
A los toros se los castra sin anestesia. Las gallinas jamás ven la luz del sol y no se mueven de su reducido lugar en toda su corta vida. Por lo general, no hay ventilación ni espacio para pastar.
La alimentación se realiza sobre la base de forraje concentrado, el cual suele ser enriquecido con hormonas y antibióticos para que los animales crezcan y se desarrollen con mayor rapidez y lleguen antes al matadero. Muchas de estas criaturas sobreengordadas mueren mientras son transportadas al matadero o incluso antes. O bien los métodos profundamente sádicos usados en los rastros o en las perreras municipales
¿Y qué hay de las torturas a las que son sometidas los perros que sirven de cobayas para la práctica de operaciones en las escuelas de medicina o de odontología, quienes en lugar de utilizar modelos análogos emplean perros callejeros, ocasionándoles dolor y lesiones que, pronto o tarde, les ocasionarán la muerte? Investiguen un poco y verán que si hay causas justas por las cuales luchar, son éstas.
Desgraciadamente en nuestra sociedad actual el maltrato a los animales y la destrucción de la naturaleza generan reacciones más enérgicas que la violación de los derechos humanos. Hoy, pareciera que el ser antitaurino es algo más propio de una moda que de un verdadero razonamiento ético. Y que conste que a mí no me gusta la tauromaquia.
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