La polémica se desató en torno a una supuesta llamada telefónica, que el ciudadano alemán Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, realizó para influir en la decisión que tomaron cuatro ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, quienes estimaron que en los estados de Baja California y San Luis Potosí la vida del ser humano da inicio antes que en otras entidades, como en el Distrito Federal. Como nuestra ignorancia es vasta en asuntos médicos y legales, dejemos que los especialistas en ambas materias discutan sobre el tema. Sin embargo, sí conocemos acerca de la participación de varios papas en asuntos de nuestro país, aun cuando no necesariamente se circunscriban al ámbito religioso. Demos un breve repaso.

El primero en hacerlo fue el ciudadano español, Rodrigo Lazol y Borja, el Papa Alejandro VI, quien el 4 de mayo de 1493 emitió las Bulas Papales, Inter Caetera and Eximae Devotionis, mediante las cuales otorgaba a los reyes de España los derechos para convertirse en beneficiarios únicos del aprovechamiento de todos los recursos naturales y el comercio, que se realizara en las tierras que hoy conocemos como Latinoamérica. Más tarde, el 28 de julio de 1508, Giuliano Della Rovere, el Papa Julio II publicó la Bula Universalis Ecclesiae otorgando el patronato universal en las “Indias” a la corona española. Esto permitió a los monarcas ibéricos manejar los bienes de la iglesia, e incluso intervenir en la nominación de sacerdotes. El maridaje duró tres siglos, con utilidades para ambas partes. El beneficio para los habitantes de estas tierras fue nulo, la inequitativa distribución del ingreso y la ignorancia eran las divisas predominantes.

Una vez alcanzada la independencia, Agustín Cosme Damián buscó retomar el maridaje mencionado y pronto le recordaron que su imperio era de opereta y él era un criollo plebeyo. Fue el 29 de noviembre de 1836, cuando Bartolomeo Alberto Cappellari, el Papa Gregorio XVI, reconoció la independencia de México, faltaban 21 años para que el catolicismo dejara de ser la religión oficial en nuestro país. Ese lapso, se fue entre reyertas internas y la pérdida de la mitad del territorio nacional, los sacerdotes intervinieron con algo más que bendiciones y plegarias.

Entre 1855 y 1856 se emitieron la Ley Juárez, que ponía fin a los fueros eclesiásticos, y la Ley Lerdo sobre la desamortización de bienes de manos muertas. El 15 de diciembre de 1856, Giovanni Maria Mastai-Ferreti, el Papa Pío IX, en la Alocución Nunquam fore demandó que se declaran nulas. En 1857, se promulgaron la Constitución, que puso fin al monopolio religioso y la Ley Iglesias, que prohibía el cobro por los servicios religiosos. Entre 1859 y 1863, se expidieron las Leyes de Reforma. Ante ello, Pío IX vía la encíclica Syllabus Errorum, publicada el 8 de diciembre de 1864, condenó tales medidas. Ya teníamos aquí a Maximiliano con el aval papal, el cual pronto se le retiraría, el austriaco no cumplió sus promesas. En 1877, Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci, el Papa Leon XIII envió una misiva a Porfirio Díaz, solicitando la corrección de “errores liberales del pasado” y retornar a los tiempos de amistad. No hubo respuesta oficial, pero durante los siguientes treinta años la curia recuperó riquezas e influencia.

Fue en 1917, el 15 de junio, cuando en una carta dirigida a los obispos mexicanos Giacomo Della Chiesa, el Papa Benedicto XV expresó sus críticas a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, recién promulgada, y los conminó a continuar con la defensa del catolicismo. Nueve años más tarde, en la encíclica Iniquis Afflictisque, Ambrogio Damiano Achille Ratti, el Papa Pío XI, exhortaba a las católicos a enfrentar con algo más que palabras al gobierno mexicano. En 1929, Pío IX daría marcha atrás y aceptaría se firmara el llamado Modus Vivendi, el cual prevaleció hasta el día en que José López Portillo y Pacheco se acordó, que en 1912 su abuelo paterno había ganado la gubernatura de Jalisco bajo las siglas del Partido Católico Nacional y recibió en México al ciudadano Karol Wojtyla, el Papa Juan Pablo II. Después, en 1992, Carlos Salinas de Gortari reanudó relaciones diplomáticas con el Vaticano. Finalmente, tras varios viajes a nuestro país, el 21 de mayo del año 2000, Juan Pablo II canonizó a 24 mexicanos, quienes en los años 20 acataron las instrucciones de Pío XI y se fueron a exterminar a quienes no compartían su fe religiosa, en el camino encontraron el fin de sus vidas. Cuarenta y dos días más tarde, el 2 de julio, Vicente Fox Quesada era electo presidente de México y de entonces para acá, beso al anillo papal incluido, ya vemos como nos ha ido.

No tenemos elementos para afirmar o negar la llamada del Papa Benedicto XVI, pero de lo que no hay duda, es que de haberla hecho, no sería el primero en dicho cargo que interviniera en asuntos internos de nuestro país. La historia es rica en la materia con los resultados arriba descritos.