Provocó estremecimientos sísmicos en la clase política la mención de una posible candidatura priísta a la alcaldía de Monterrey para Ricardo Canavati.

Hubo quienes consideraron que esa candidatura sería el espadazo que rompa el nudo gordiano del puesto más codiciado de Nuevo León, con excepción de la gubernatura.

Canavati, recordaron, en el pasado quitó de las manos de los panistas el municipio de San Nicolás y el mismo municipio de Monterrey.

Más importante, dicen, mientras fue alcalde regiomontano, Monterrey figuraba como la segunda ciudad más segura del continente, sólo superada por San Juan, Puerto Rico.

Fueron tiempos en que el cónsul de Estados Unidos no dudaba en felicitar por escrito al municipio por el orden y la efectividad de la Policía Regia, hoy tan envilecida.
Voces sensatas, por lo demás, dicen que buen número de los otros que suenan para esa candidatura, no han sopesado la formidable responsabilidad que entraña tomar los mandos de la ciudad en momentos de violencia, corrupción y auge no sólo del crimen organizado, sino hasta de la delincuencia
desorganizada.

Monterrey ya no es y quizá nunca fue pasarela de las vanidades. Es lo más parecido a una ciudad estado, donde el alcalde compite o comparte poderes y exposición con el gobernador de Nuevo León.

Esto son ligas mayores, apuntó un socarrón, no las Ligas Pequeñas de Pepe Máiz.
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