Relata un cuento popular que, hace muchos años, había en China un joven vendedor de hortalizas que regresaba del mercado. Al entrar a un lavabo público descubrió una bolsa en un rincón, pero para su sorpresa, cuando la abrió encontró en su interior 50 piezas de oro. Al instante pensó que quien hubiese perdido la bolsa debía estar muy preocupado.

Inmediatamente tomó la decisión de esperar algunas horas por si esa persona volvía a buscar la citada bolsa. Esperó hasta que el sol se puso, y entonces vio a un mercader corriendo hacia el lavabo mientras miraba nerviosamente por todos lados. Al verlo, el joven supuso que estaba buscando algo. Caminó hacia él y le preguntó: “Señor, ¿ha perdido usted algo?”. El mercader lo miró y respondió: “Sí joven, he perdido una importante bolsa y no logro encontrarla”. El joven sacó la bolsa que había encontrado y le dijo: “¿Es ésta la bolsa que ha perdido?”. El mercader al verla se alegró al mismo tiempo que excitadamente exclamaba: “¡Sí!” y tomó la bolsa que le ofrecía el joven.

Al instante su actitud cambió y pensó que si admitía que la bolsa era suya, debería dar al joven una justa recompensa por su honestidad. Aunque, si decía que la bolsa no era suya, entonces se la quedaría el joven por haberla encontrado.El mercader abrió la bolsa, contó el oro, y de repente miró al joven diciendo: “Originalmente había 100 piezas de oro en esta bolsa, ¿por qué ahora sólo hay 50?”. Luego le reclamó las 50 piezas que supuestamente faltaban. Naturalmente, el joven sorprendido, se angustió y tras una pequeña discusión, decidieron ir al juzgado y presentarse ambos ante el juez. Después de oír las dos historias, el juez comprendió que el mercader estaba intentando sacar beneficio de la honestidad del joven. El juez entendió que si el joven hubiese querido quedarse con el oro, no hubiese estado junto a los lavabos tanto tiempo esperando hasta que apareciese el propietario a reclamar su bolsa. Y así tras pensar en ello, decidió dar una lección al mercader.

“Bien”, dijo el Juez, mirando al mercader, “tú dijiste que había 100 piezas de oro en la bolsa”. “Sí, su señoría”, contestó el mercader. Luego el juez miró al joven y dijo: “Tú dijiste que cuando encontraste la bolsa, tan sólo había 50 piezas en ella”. “Es verdad señoría”, respondió el joven. El juez entonces dijo al mercader: “Como en tu bolsa había 100 piezas de oro, y en la bolsa que encontró el joven sólo hay 50, creo que esta no es la bolsa que tú perdiste, por lo que la bolsa debe pertenecer a otro. Así que esperaremos dos días por si alguien viene a reclamarla. De no ser así, querrá decir que la bolsa se la puede quedar el joven”.

El mercader estaban tan sorprendido, que no pudo responder nada. Naturalmente nadie fue a reclamar la citada bolsa y ésta con sus 50 piezas de oro fue entregada al joven. El mercader había aprendido una merecida lección de honestidad.
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