Ciudades hechas a la medida del hombre, no sólo en función de su sobrevivencia, sino también de sus sueños y aspiraciones. Irnos alejando como ciudadanos de aquel funcionalismo arquitectónico que a lo largo del pasado siglo desterró la belleza de las edificaciones con el pretexto de la optimización. Cajas de multifamiliares donde se hacinaba a decenas de miles de personas. Supuestos portentos de la eficiencia que luego de cualquier temblor revelaron su fragilidad de castillo de naipes.

Destruir costumbres

El arquitecto Mario Pani fue uno de los principales impulsores de esta tendencia que generó proyectos como el Multifamiliar Juárez. O los complejos multifamiliares de Nonoalco-Tlatelolco. Aun con su estrepitoso fracaso, él insistió en la consigna: no sólo hacer arquitectura, sino también “hacer ciudad”. Proyectos que incorporaran un valor más allá de la plusvalía o especulación con el entorno, sino que impactaran positivamente en la vida de las personas. Me viene a la mente esto a raíz del proyecto del Biblioparque, al sur del municipio de Saltillo. Alegra y avasalla contemplar la avidez de los habitantes de la periferia sur (¿el sur también existe?) ante un espacio como éste.
Usuarios maravillados ante lo inédito de la experiencia: canchas de pasto sintético para distintos deportes, foros y gradas, pistas pavimentadas, aparatos para ejercitarse, áreas para skaters y en medio del destello múltiple, una gigantesca biblioteca de cuatro pisos, con la forma de un libro abierto.

Continuidad de los parques

Testimonio la forma en que un proyecto de esta naturaleza cambia la vida de la gente. Ofrece un respiro ante un ambiente muchas veces sofocante. Aire y cielo abierto. Movimiento. Juegos y libros. Deporte. Pero también veo aspectos irresueltos. Resbaladillas de caracol fuera de su eje. Juegos infantiles mal instalados, y por lo tanto, peligrosos. Materiales de baja calidad. Gradas de material tubular muy delgado, que el mismo día de su inauguración no se usaron ante el riesgo de un colapso. Una obra que ya fue entregada a la comunidad, pero aún no está concluida. ¿Qué determina las prisas, los tiempos de entrega? ¿Quién calcula los materiales? ¿Cómo se está midiendo el desgaste de cada uno de sus elementos ante el hacinamiento, el impacto multiplicado de una comunidad que se volcó a disfrutar esta parcela y esta novedad?

El afamado teórico Mies van der Rohe decía que “Dios está en los detalles.”

El Biblioparque es una obra estupenda, necesaria, inédita. Pero su enorme potencial benéfico podría diluirse ante la maraña de “detalles”: falta personal y orden. Articular la vigilancia. Regular el flujo de usuarios. Delimitar áreas. Dotar, equipar adecuadamente y organizar la Biblioteca. Darle continuidad a las obras y preservarlas. Para luego no ser testigos de multitudes que en un parpadeo pasaron como marabuntas sobre las obras dejando detrás de sí espacios yermos.

Recordemos el Parque el Chapulín, clausurado durante años. O las extensiones del Parque Ecológico de la Aurora, y en menor medida el Venustiano Carranza, llanuras donde se malbarató la expectativa ciudadana y hoy medra el abandono como la más tenaz de las yerbas.

Ahora se habla de más Biblioparques. Al oriente y al poniente. En terrenos de lo que fuera Zincamex (¿Cómo y hasta dónde se descontaminará el suelo?) Es una buena oportunidad para terminar bien el primero y mejorar los que vienen.

De articularse correcta –íntegramente–, la Ruta Urbana y el Biblioparque son proyectos con los que laactual administración municipal de Saltillo podría ser recordada como un Gobierno que devolvió y pensó los espacios para la vida y el bienestar de las personas.

Bardo de las bardas “Somos todas las ciudades que hemos perdido”. Rafael Pérez Gay
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