De esos tiempos guardo dos recuerdos. La visita al secretario de Obras Públicas Luis Enrique Bracamontes, en la que Arturo Rodríguez alzó el índice derecho, al que le faltaban las falanges distal y media, que había perdido a causa de una accidente, para decirle al ministro de Echeverría que el dedo se le había desgastado de tanto chocarlo con la mesa del consejo de Canacintra repitiéndose a sí mismo: “Este año sí se hará... este año sí se hará” (la ciudad industrial).
El otro es una reunión con el gobernador Eulalio Gutiérrez, en la Recaudación de Rentas de Torreón, donde entregó a un grupo de empresarios, encabezados por Jorge Duéñes Zurita, un cheque por diez millones de pesos para comprar terrenos y dedicarlos a la industria. En el mismo acto recogió el documento y lo dejó en manos del recaudador López Mercado. El parque no se construyó y el dedo de Arturo sufrió una nueva merma.
La ciudad industrial de Torreón, saturada desde sus primeros años, se construyó en el sexenio de Flores Tapia, después de vencer múltiples obstáculos. Jorge Duéñes fue uno de sus artífices y por eso la Canacintra le otorgó un reconocimiento, que el presidente Felipe Calderón le entregó el 7 de diciembre, en ocasión del setenta aniversario del organismo que encabeza Sergio Enrique Cervantes Rodiles.
El premio, además de justo, es oportuno porque Torreón, 40 años después, pugna todavía por desarrollarse industrialmente... en espacios que existen pero no se desarrollan, ya por falta de voluntad política, ya por codicia de los propietarios de la tierra. En esas condiciones ¿qué ofrecer, cómo atraer inversiones? Por gestiones no ha quedado y por promesas tampoco, pero no hay avance. Secretarios de Fomento Económico van y vienen. Si Arturo Rodríguez viviera, ya no tendría dedos para decir “este año sí...”.
Jorge Duéñes, una de las personas que más alentó mi carrera en el periodismo, y a quien debo respeto y gratitud de amigo, heredó de su padre, don Antonio Duéñes Orozco, el sentido del trabajo, el respeto por el prójimo, la nobleza y discreción en la grandeza y el espíritu inquebrantable en la adversidad. Esas cualidades las proyectó a la política. Fue primer regidor del ayuntamiento y director de Desarrollo. Igual pudo ser un excelente alcalde de Torreón. El homenaje a este líder de mil batallas muestra otro lado bueno de los laguneros, que al final los sacará de estos momentos aciagos: la renuncia consciente al aplauso, no al esfuerzo, para que el honor se otorgue a quienes más méritos acumulan. Mario Lozoya y otros de su carácter dan testimonio de ello.
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