Nos estamos acostumbrando cada vez más a la idea del divorcio, que ya no es un tabú, como lo era antes. Pareciera que la sociedad lo está asumiendo cada vez más como una realidad que no asusta (o que no asusta tanto) y tan es así, que en la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, la ENADIS 2010, no aparece como factor activo de discriminación, como lo era antes. Lo que ahora provoca divisiones en la gente es la riqueza, los partidos políticos, la educación, la repartición de apoyos del gobierno, las preferencias sexuales, las ideas políticas, los valores, la religión, la etnia y la gente que llega de afuera. Pero ya no se menciona a la gente divorciada, sobre todo a las mujeres, como discriminadas. O, por lo menos, aunque exista esa forma de discriminación, ya nadie se queja públicamente de eso.

Pero a pesar de todo el divorcio es, en nuestros tiempos, aún un elemento vergonzoso que carga con muchos mitos y tabúes. El principal mito del divorcio es que, sin importar como se realice, siempre es visto como el fracaso del matrimonio, y a consecuencia de esta creencia popular tan extendida y tan errónea, muchos divorcios, que sólo están cerrando un ciclo matrimonial que ya estaba concluyendo, ponen en los participantes el sabor amargo de la culpa y de la frustración.

En siglos pasados se creó la idea de que si alguien se casaba, era para siempre y que el matrimonio debía ser la base esencial de la familia, pero con el avance de las ciencias sociales se ha demostrado claramente que la familia puede funcionar bien con diferentes estructuras y que la presencia de los dos padres en ella, importante por supuesto, no es imprescindible para lograr la educación de calidad necesaria para desarrollar destrezas vitales en los hijos.

El divorcio es, entonces, un mal menor que puede prevenir males mayores, porque a los hijos les duele menos ver a los padres separados que enojados, agresivos o distantes, golpeteándose entre ellos y llevando sus iras y sinsabores, sin quererlo a sus hijos. Pero la sociedad aún no incorpora la idea que el matrimonio es una institución humana, falible y temporal, y que la familia perfecta no existe más que en las ideas, no en la realidad, porque la familia que en la realidad existe va modificándose según diferentes necesidades, tanto sociales como económicas.

Esa parte de la sociedad que aún no acepta el hecho del divorcio es muy dura en el juicio que hace de aquellos que han determinado que llevarlo a cabo es el menos malo de los caminos posibles. Y es peor si quienes critican son figuras relevantes, fundamentalmente las figuras públicas religiosas, sumamente intolerantes con un acto que puede ser de liberación y equilibrio, pero que rompe con el concepto de que “lo que Dios ha unido, el hombre no lo separa”.

Y cada vez que alguien se divorcia se somete al juicio público. Los críticos suelen confundir los niveles público, privado e íntimo en estos sucesos, y fuerzan lo privado a que se torne público, porque finalmente el rumor, el chisme, se construye a partir de aquella información que toca la vida íntima de personas que provocan admiración, envidia o competencia, atribuyéndoles situaciones ambiguas indemostrables, pero que emocionan a los oyentes y les hacen preguntarse que hubieran hecho ellos si estuviesen en el lugar del criticado. Siempre debe haber un culpable y siempre una causa reprobable. Los divorcios que no rompen, sino disuelven una relación que ya no funciona, son peor entendidos, y si los que eran cónyuges siguen siendo amigos, son vistos como raros, como perversos, como si algo estuvieran haciendo equivocado.

Aquellos que toman la decisión del divorcio, enfrentando la posibilidad de ser objeto de la crítica social, no sólo son valientes: merecen una nueva oportunidad para ser felices. Y es que el divorcio, en ocasiones puede ser una solución racional y, sin duda, sana.
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