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A diferencia de Ernesto Zedillo que buscaba aislarse para pensar como secretario de Hacienda, Felipe Calderón no puede ser considerado como “el solitario de Palacio”. El presidente medita las cosas que escucha de sus cercanos, pero no entra en la abstracción como. Sin embargo, cada semana parece que se cae en un hoyo. Contra lo que algunos señalan de su soledad, la afirmación es que, más que nada, está mal acompañado.

Al Presidente lo suelen encaminar sus cercanos al despeñadero. Como cuando adelantó por horas la muerte del rey de la música pop, Michael Jackson, por una tarjeta que le pasaron mientras daba un discurso. O como cuando dijo que la matanza en Ciudad Juárez había sido un problema de pandillas. Los ejemplos muestran la matriz de su Presidencia, y le han provocado a Calderón problemas innecesarios y actitudes pendulares.

En Ciudad Juárez, por ejemplo, sí habían sido pandilleros los que atacaron a decenas de personas en una fiesta en aquella ciudad, pero de todas las víctimas, sólo dos pertenecían a una banda rival. La generalización provocó indignación nacional, y tuvo que ir a Juárez a ofrecer disculpas, anulando de la investigación, porque con su error inmunizó a los delincuentes mezclados con inocentes.

Uno previo, memorable, fue con empresarios, cuando los acusó de no pagar bien los impuestos. Los empresarios protestaron airadamente, y no termina de pasar el coraje, iniciado por otra falla, esta vez de la Secretaría de Hacienda, que le dio una información incompleta y equivocada. Las diferencias con ese sector son generalizadas y se han profundizado al punto en que han boicoteado eventos públicos donde el Presidente es el invitado de honor.

No le ayuda a Calderón su temperamento explosivo, que le ha ganado fama de tener la “mecha corta”, para responder su baja tolerancia a la frustración. En efecto, es respondón y la sangre le hierve con facilidad, que sumado a los errores de sus colaboradores, siempre termina con déficit ante la opinión pública y con consecuencias ante la opinión política. Pero Calderón siempre parece estar  dispuesto a pagar los costos, que corregir rápido el rumbo.

Por ejemplo, la manipulación de información que hizo Eduardo Medina Mora como procurador general, propició una lucha abierta con el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, que no sólo perdió el hoy embajador en el Reino Unido, sino fue en demérito de toda la guerra contra el narcotráfico, y provocó la percepción que arrastra de que el Gobierno da protección al cártel de Sinaloa.

El último episodio involucró al secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, cuando la renuncia al PAN galvanizó viejas molestias contra él. Autorizó a linchar al secretario, pero se arrepintió y se movió tanto al otro extremo que a punto estuvo de pedirle perdón. Buscó controlar un daño institucional que él mismo desató por tratar de crear condiciones políticas para destituirlo, pero el recule fue tan excesivo, que el relevo en Gobernación pasó a una etapa de hibernación.

Su actitud pendular lo ha llevado a pifias de todo tipo, como cuando ofreció al presidente Nicolás Sarkozy la extradición de Florence Cassez, sentenciada por secuestro y delincuencia organizada. Pero ante la reacción de las organizaciones no gubernamentales en contra de esa iniciativa, dio reversa y prefirió enfrentar a Sarkozy por incumplir su compromiso, y para ganar popularidad doméstica.

Cuando el golpe de estado en Honduras, lo animaron a meter el acelerador a fondo y sin cautela en defensa del presidente depuesto, Manuel Zelaya, a quien puso a su disposición dinero y aviones para que abogara por su causa. Pero en su visita de Estado a México, Zelaya le devolvió el esfuerzo con una declaración de apoyo hacia Andrés Manuel López Obrador. En cambio, cuando un terremoto destruyó Haití, su reacción fue tan lenta y dubitativa, que no se despabiló políticamente hasta que el presidente Barack Obama le exigió sumarse de inmediato al esfuerzo internacional. ¿Dónde estaban sus asesores en política exterior?

Aunque es un hombre experimentado, Calderón parece un novato. No lo es, pero así luce. Terriblemente desconfiado de la gente, inclusive la cercana, no es fácil que escuche voces ajenas que le ayuden a normar criterio. Se queda con el consejo de sus incondicionales, en su mayoría aprendices del poder, cuyas aportaciones corto placistas y carencia de una visión universal ayudan poco al Presidente.

Calderón, abrumado por problemas sociales, políticos, económicos y naturales, tiene que ver todo y actuar en todo, pero no puede, valga la metáfora, supervisar el restaurante, ser cocinero, lavaplatos, mesero, capitán, recepcionista, encargado de estacionar el auto, administrador, contador, y cajero al mismo tiempo. Sin duda, ese negocio fracasa. Su caso es más grave, pues lo que se hunde es el país. ¿Lo calculó su equipo?

A diferencia de Zedillo, Calderón no se aísla. Pero Zedillo tenía un equipo eficiente que le permitía aislarse en su abstracción. El de Calderón es mayoritariamente falto de experiencia y sofisticación. Los errores que lo han llevado al precipicio perfilan lo que tienen.

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