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No hay duda de que con el desarrollo de la sociedad las costumbres cambian y, como bien pudiera haber dicho Echeverría, “ni para bien ni para mal, sino todo lo contrario”. Y es que no siempre el cambio de las costumbres debe representarse en términos de positivo o negativo, porque la realidad no se presenta solamente en blanco y negro, sino que es una sucesión infinita de tonos de gris. Lo que en el siglo 20 nos parecía malo, en el 21 lo vamos a aceptar con naturalidad.

En la semana que pasó tuvimos una noticia angustiante para muchos: en el Distrito Federal ya está permitido que las parejas del mismo sexo se unan en matrimonio. Los asambleístas de ese cuasi estado mexicano votaron a favor, convencidos de que permitir el matrimonio entre homosexuales es cumplir el mandato constitucional de eliminar las barreras de la desigualdad y la discriminación.

Muchas cosas están cambiando en este siglo, y una de ellas es la frase tradicional: “Los declaro marido y mujer”, que será sustituida por alguna más simple. El imaginario mexicano inventará muchas.

Por supuesto, la Arquidiócesis Primada de México se inconformó y sostuvo que esos matrimonios son de una inmoralidad tal, que no pueden estar bien con la Iglesia católica aquellos que promueven, apoyan, ejecutan o se someten a las uniones de parejas del mismo sexo.

Su vocero, Hugo Valdemar, subrayó que estas bodas “Podrán ser legales, pero nunca morales”, y consideró que se ha vulnerado el derecho de los niños a tener un padre y una madre, “con los graves riesgos morales y psicológicos que traerá esta arbitraria, injusta e irresponsable medida”, quedando claro para la Arquidiócesis que estas leyes son destructivas para la familia y rechazan “la perversión de sus valores más respetables y queridos”, como es el caso de la familia. ¿Recuerdan ustedes la durísima frase con la que san Mateo enseña que no debemos juzgar a los demás en lo que no deseamos ser juzgados? Él dice:

“¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. Porque con la vara que midas serás medido.

Y esto viene a cuento por la dureza de las opiniones de la Arquidiócesis en torno a los matrimonios gay, en medio del torbellino de noticias sobre los abusos sexuales que van desde los allegados al Papa hasta los cometidos por ese injerto de santo y demonio, tal vez no anticristo, pero sí falso profeta llamado Marcial Maciel.

De toda esta vorágine desatada tal vez lo más importante es el cambio de concepción de familia. Se ha insistido en que la familia es el núcleo de la sociedad, pero se aludía siempre a la familia tradicional, constituida por padre, madre e hijos, y ese concepto está evolucionando. No es que la familia haya perdido sus valores, sino que los valores mismos están cambiando.

Los matrimonios gay dan plenos derechos conyugales a los contrayentes, pero la concepción de matrimonio en ellos va a ser una evolución del concepto. Las obligaciones van a ser diferentes, las exigencias serán distintas y los roles de pareja cambiarán. Y las causales de divorcio seguramente tendrán que irse adaptando a los nuevos tiempos. Será todo un reto para las ciencias sociales. No dudo que los contrayentes reciban más críticas que elogios y estoy seguro de que, una vez pasada la euforia política, van a sentirse perseguidos y constantemente criticados por esa mayoría nacida en el siglo 20, que se siente ofendida más por el cambio de paradigmas que por el hecho en sí mismo.

La crítica social va a tornar muy difícil ese tipo de matrimonio y nos dará la impresión de que son uniones más frágiles de lo que pueden ser en realidad. Poca ayuda van a tener a su alrededor para cimentarla. Aún así, es posible que veamos entre ellos algunos matrimonios exitosos. Como dijo Paracelso: “Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas”.
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