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Cada familia tradicional que se respete tiene guardados en el armario, clóset o ropero algunos esqueletos. Son los pecados sociales que avergonzaron a los portadores del apellido, miembros del clan familiar que, sin haber disfrutado el pecado lo tuvieron que padecer en carne propia hasta la sexta generación, según claras instrucciones del Antiguo Testamento.

Pero la sociedad está cambiando de manera acelerada y sus estructuras se están flexibilizando. Esta misma dinámica está obligando a la familia a adulterar sus formas y dinámicas para ser eficiente en este tiempo, a pesar de la decidida oposición y los anatemas que mandan las corrientes conservadoras, que se niegan a aceptar el inevitable cambio. Los nuevos vientos están aireando los antiguos armarios, abren los clósets y miran lo que estaba guardado en los antiguos roperos de las abuelas: adulterios e infidelidades, entre otros esqueletos cubiertos por el velo del oprobio que hacía sentir gusanos a hombres y mujeres.

Adulterar significa cambiar el estado natural (o estado actual) de las cosas. Un ejemplo de ello es la iniciativa de reforma para la despenalización del adulterio propuesta en el Congreso de Coahuila por la fracción priísta, a quienes les ha quedado más que claro que penalizar esta conducta no ha dado solución a los problemas de inestabilidad matrimonial causada por esa terrible ignorancia sexual que tanta carne le quitó al esqueleto. Pero así como los problemas de infidelidad, la familia tradicional tuvo que esconder en el armario muchos otros esqueletos durante siglos. Las casas chicas eran tal vez los más sensibles, pero no las únicas osamentas disimuladas por la doble moral de la época.

Se solían esconder los deslices amorosos de ardientes jóvenes que llevaban a los embarazos no deseados, produciendo niños que tenían que figurar como hijos de sus abuelos. Porque de aborto, ni pensarlo, aunque podía ser otro elemento del catálogo. O la presencia de los niños adoptivos a los que la familia luchaba por ocultarles su origen y que personas de buena intención se lo relataba en momentos en que la familia no estaba preparada para contarles de su nacimiento, siendo un verdadero trauma para los pequeños.

También se escondía la debilidad mental, las enfermedades del alma y las discapacidades de todo tipo, porque tener un hijo “anormal” era señal de la debilidad de genes y la degeneración de la herencia. Toda familia que se respetara tenía escondida a por lo menos una mujer con problemas de ubicación de la realidad, estuviera psicótica o solamente fuera extraña, la famosa “loca de la casa”, de la que se avergonzaba todo el colectivo familiar.

Había que negar al hijo vagabundo y flojo, deprimido desde la adolescencia, o al “rarito”, de actitudes femeninas y delicadas, al que tocaba niños o al que enseñaba en el barrio sus miserias, o al drogadicto, al alcohólico, al ratero y estafador, que iban por la vida arrastrando la cobija y ensuciando el apellido.

Pero también eran dignos de velarse los acontecimientos dolorosos, como el niño ahogado, el suicidio de alguno de los parientes, el accidente ocasionado por el estado de ebriedad, el allegado que estuvo en la cárcel o la madre soltera o divorciada, siempre con la etiqueta de “fácil” pegada en la frente.

Las familias antiguas escondían y negaban todos estos esqueletos. Las de ahora saben que el silencio es doloroso y enferma a todo aquel que no lo enfrenta. Ahora los llevan al Congreso, a los medios, a las reuniones, al terapeuta, luchando por entenderlos y perdonarlos. Han entendido que llevándolos a la luz pública es más fácil resolverlos. La estructura familiar actual es cada vez más eficiente y comprometida con el dolor de todos sus miembros y los armarios están quedando, afortunadamente, vacíos.
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