¿Para qué bajaban en situación tan riesgosa? Esos hombres eran obreros que iban a hacer su trabajo. Y seguro que lo hacían bien, a pesar de que ganaban de 95 a 140 pesos por día, con lo que es difícil vivir dignamente. Para ganar su salario, trabajan aunque el gas rebase los niveles de seguridad. El gas grisú ocasiona una explosión cuya onda expansiva eleva la temperatura a más de 600 grados centígrados. Así, es seguro que ninguno de los mineros que estaban trabajando se haya dado cuenta de nada, y quedaron en un segundo a oscuras, sin sentir ningún dolor. Tarde o temprano, los hijos preguntarán si sus padres se dieron cuenta de lo que pasó, si pudieron hacer algo para protegerse. Y la respuesta será negativa. Abajo, en el túnel, nada pudieron hacer. Ni siquiera rezar o tener un pensamiento de adiós a los suyos. Nada.
También se preguntarán si pudo evitarse la muerte de sus padres. El secretario de Economía, Bruno Ferrari, declaró que ellos vigilan a “los concesionarios (para que) se dediquen a hacer su negocio y no entren en situaciones de ilegalidad o abusos, pues (dice) tenemos que hacer que las normas sean respetadas y sancionar en caso de faltas”. Y una vez que el gas metano explota, toda sanción se vuelve ridícula. ¿Quién obliga a los dueños de las minas para que cumplan con las normas de seguridad? ¿Cómo se vigila que la ley se respete? Con su muerte estos hombres lanzan una señal de alerta de que algo sigue sin andar bien en las minas: lanzan una alerta sobre la posibilidad de que la tragedia pueda repetirse y señalan a las autoridades responsables de vigilar las condiciones de seguridad que están solapando graves irregularidades. Pero no importa. Dice el propietario de la mina que “pagarán hasta el último centavo a los familiares de los muertos”, y en un arranque de cinismo, aclara: “Jamás nos esperábamos esto”, a pesar de que ya les habían advertido sobre la creciente concentración de gas en el interior. Declara que el trabajo de la minería “es un mal necesario, el cual debe realizarse en ocasiones contra la ley, ya que el empleo es una gran demanda en la región, donde las familias requieren de dinero tangible aunque en ocasiones poco”. Así que si se arriesga la vida no importa.
Se preguntarán esos nuevos huérfanos si la muerte de sus padres tiene algún significado. Porque ninguna muerte debe ser en vano, y se debe obligar a las empresas, grandes o pequeñas, a invertir más en seguridad y al Gobierno federal deben decirle que toda acción errática, que todo descuido tiene siempre un elevado costo político. Arriba, en la boca de la mina, viven las esposas, las madres y los padres, los hijos de los mineros, con enormes descargas de angustia, porque nunca saben si volverán a ver al que baja. Entre menos seguridad se tenga, la angustia es más insoportable y hace más daño. Si no se pone remedio, es seguro que tendremos otras muertes que lamentar, y no solamente van a tener que ser atendidas las heridas físicas de los sobrevivientes, sino que también será necesario atender las heridas afectivas, los traumatismos psíquicos que quedan en todos aquellos que pierdan a un familiar o que hayan pasado las horas negras del rescate. ¿Quién va a curar esa herida? ¿Cómo se cubrirá ese hueco enorme en la familia?
En el siglo 19 eran lugar común las explosiones de gas grisú, las muertes por aplastamiento, las pérdidas humanas de mineros, tanto en la muerte rápida de la explosión como en la lenta de la inhalación del polvo de carbón que quema los pulmones. Pero en el siglo 21 y con el avance de la tecnología ya no es aceptable una tragedia de esta magnitud. Es imprescindible que se les garantice la conservación y recuperación de la salud, tanto física como emocional, así del trabajador como de su familia. Las minas deben tener, en su interior, cuartos sellados, con agua, comida y oxígeno suficientes para esperar el rescate. Nuestras minas cuentan más que nada con una gran cantidad de fe en que no pasará un accidente. Pero en la minería la fe no es suficiente. Todos debemos solidarizarnos, hoy, con las familias de nuestros hermanos en desgracia.
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