Karol Wojtyla ha sido uno de los papas más queridos del mundo y odiado del comunismo, cuya doctrina marxista-leninista ayudó a sepultar, aunque haya todavía despistados que ignoran, según recuerda Serrat en “Disculpe el señor”, que “Carlos Marx está muerto y enterrado”. Su historia personal, su carisma, su amor y respeto a la vida y su inquebrantable lucha por la libertad y los derechos humanos, hicieron que Juan Pablo II ganara el corazón de millones de personas sobre la Tierra.
En México, particularmente, su recuerdo pervive. Así lo manifestan las legiones de hombres, mujeres, jóvenes y niños que con fervor y devoción saludan sus reliquias en su peregrinar por un país mayoritariamente católico como es el nuestro. El polaco fue también el papa del perdón. Hacia finales de 1983 visitó en prisión a Ali Agca, el turco que dos años y medio antes le había herido de muerte en la Plaza de San Pedro.
Juan Pablo instituyó en su forma actual la Jornada Mundial de la Juventud, la cual se celebra cada tres años con la participación de millones de jóvenes. Las anteriores fueron en Madrid (2011), Sidney, Colonia, Toronto, Roma y la próxima será en Río de Janeiro, del 23 al 28 de julio de 2013 bajo el lema “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. (Mateo: 28, 19)
Justamente a los jóvenes, el papa hablaba así:
• “¡Vosotros sois la esperanza de la Iglesia, soy mi esperanza! En vuestras manos está el futuro de la humanidad”.
• “Os pregunto a cada uno: ¿sois capaces de entregaros a vosotros mismos, de entregar vuestro tiempo, vuestras energías, vuestros talentos, por el bien de los demás? ¿Sóis capaces de amar?”.
• “En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece. En efecto, la esperanza está siempre unida al futuro, es la esperanza de los ‘bienes futuros’”.
• “Es necesario que la juventud sea un ‘crecimiento’, para lo que es de enorme importancia el contacto con el mundo visible, con la naturaleza”.
Durante su papado, de 27 años, el Santo Padre visitó ciento 29 países, a los que recordaba: “Entre Dios y nosotros existe una relación que no es fría, como la existente entre un emperador y su súbdito, sino palpitante como la que se desarrolla entre dos amigos, entre dos esposos, entre padre e hijo”.
En un mundo asolado, reconfortaba: “Sí, queridos amigos. ¡Cristo nos ama y nos ama siempre! Nos ama incluso cuando lo decepcionamos, cuando no correspondemos a lo que espera de nosotros. Él no nos cierra nunca los brazos de su misericordia. ¿Cómo no estar agradecidos a este Dios que nos ha redimido llegando incluso a la locura de la Cruz? ¿A este Dios que se ha puesto de nuestra parte y está ahí hasta el final?”.
¿Cómo no amar y venerar este hombre santo? Su palabra, hoy mismo, es respuesta: “En este tiempo amenazado por la violencia, por el odio, por la guerra, testimoniad que Dios y sólo Dios puede dar la verdadera paz al corazón del hombre, a las familias y a los pueblos de la Tierra. Esforzaos por promover la paz, la justicia y la fraternidad”.
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